CRONICA HISTORICA

Durante una larga y concurrida sobremesa navideña se barajaron estos parámetros de felicidad: sueldo americano, policía inglesa, casa suiza, coche alemán, comida japonesa, clima barcelonés, amante latino Lo contrario: casa japonesa, comida inglesa, sueldo latino, amante suizo, coche americano, clima alemán y policía barcelonesa. Resulta llamativo ver a la Guardia Urbana de Barcelona en el platillo malo de la balanza, aunque sea en un juego de palabras, justamente cuando este cuerpo, tan popular y estimado a lo largo de su historia, cumple un siglo de vida. Los mitos y leyendas se esfuman con mucha rapidez si no se cuidan y miman con esfuerzo continuado, y este parece ser un caso emblemático.

La antigua Guardia Municipal de Barcelona nació oficialmente el 21 de julio de 1841 como primer cuerpo organizado a propuesta del concejal Manuel Torrents, pero fue sometida a numerosas reorganizaciones en los años sucesivos. En 1843 recibió la autorización del capitán general de Cataluña y se hicieron públicas las condiciones para ingresar en el cuerpo: tener entre 25 y 40 años, medir como mínimo cinco pies y doce pulgadas (1,67 metros), haber nacido en Cataluña o contar con más de diez años de residencia, saber leer y escribir, tener una conducta intachable, estar dotado de una complexión fuerte y poseer una buena hoja de servicios en el Ejército de tierra o en la Armada. La ordenanza les autorizaba a utilizar el sable en casos normales y la carabina en situaciones graves.El regidor Francesc Permanyer (que tiene un pasaje a su nombre) promovió en 1856 la creación de la sección montada, que inicialmente contaba con una decena de plazas, ubicadas en unas improvisadas cuadras en los sótanos del Ayuntamiento. Después de la Exposición Universal de 1888 ocuparon el pabellón ferial de la maquinaria en la calle de Wellington. El primer carrusel, en honor del rey Alfonso XIII, lo ejecutaron en la plaza de toros Las Arenas en 1910.

Los municipales pronto pasaron a ser blanco de los caricaturistas de los periódicos, que les apodaban los Xanxes debido a que eran reclutados en su mayoría entre inmigrados, y el apellido Sánchez predominaba entre ellos. También hablaban una jerga fruto de una mezcla arbitraria de catalán y castellano, que dio pie a que escritores costumbristas como Santiago Rusiñol o Emili Vilanova se inspiraran en ellos para crear tipos pintorescos y regocijantes.

Hasta que, en 1907, el Ayuntamiento aprobó un dictamen suscrito por los concejales Puig Alfonso, Fuster, Marsá, Valentí Camps y Giménez por el que se creaba la Guardia Urbana, que según la Ley Municipal, dependía directamente del alcalde (entonces Doménech Sanllehy), y sus 200 hombres empezaron a prestar sus servicios el 8 de diciembre de ese mismo año. En 1921 fueron unificados los dos cuerpos, y el resultante adoptó la denominación de Guardia Urbana de Barcelona. Si sus antecesores eran los Xanxes, éstos, los Urbanus vestían casaca roja e iban tocados con un casco negro parecido al de los bobbies británicos. Su única arma consistía en el bastón reglamentario, y su sueldo era de 3, 25 pesetas al mes más un suplemento de 50 céntimos.

El primer jefe, Manuel Ribé, tomó posesión en abril de 1909 y pronto alcanzó gran popularidad por su identificación con los problemas de la ciudadanía y los esfuerzos en la búsqueda de soluciones. Ribé, que percibía 4.000 pesetas anuales, ordenó a los agentes que descendieran de las aceras a plena calle para intervenir de la manera más activa y eficaz posible en la ordenación del tráfico y en los problemas que surgían en la gran ciudad.El primer urbano dedicado a dirigir el tráfico se situó en la esquina de Via Laietana y plaza de Urquinaona. A medida que fue creciendo, el cuerpo contaba con las secciones de Infantería, Caballería y Motoristas. La primera se componía de 10 suboficiales, 45 auxiliares y 670 guardias, de los que 150 pertenecían al Departamento de Circulación. Caballería estaba formada por tres auxiliares y 46 agentes, y la sección de Motoristas contaba con 18 individuos.

Cuando se proclamó la República, en 1931, el presupuesto anual del cuerpo ascendía a 2.772.393,75 pesetas, claramente insuficiente para hacer frente a las necesidades de la ciudad, que contaba ya con un millón de habitantes. El mejor elogio que recibían aquellos guardias era su flexibilidad y capacidad de adaptación a la moderna Barcelona, pero por mucho que se multiplicaran y se compenetraran con las realidades de su tiempo, las dotaciones eran insuficientes, y se alzaron voces para pedir que se ampliara la plantilla hasta 2000 efectivos bien pagados y una mayor sección motorizada. La Guardia Urbana se hacía tan indispensable como el cuerpo de bomberos, el servicio de carteros o el de médicos municipales. Según un periódico de la época, entre los miembros del cuerpo alentaba una compenetración absoluta con la población a la que prestaban su ayuda humanitaria. Incluso en las circunstancias más difíciles y conflictivas sabían proceder con serenidad y sacrificio en beneficio de la comunidad.

Hoy, las cosas son muy distintas. Barcelona es una conurbación difícil de controlar, donde el caos circulatorio, la inseguridad ciudadana, la polución acústica, las protestas vecinales, la suciedad y el aumento de la siniestralidad se mezclan con toda clase de acciones incívicas por no hablar de vandalismo. La ciudadanía ha ido perdiendo la confianza y el afecto hacia esos hombres y mujeres con chalecos áureos, cabalgando sus Harley Davidson o patrullando en sus vehículos por las calles de la ciudad con todos los instrumentos de la ley en torno a la cintura: revólveres, esposas, porras, pistolas, linternas y balas. Bastantes asociaciones y vecinos cuestionan el carácter público del servicio de Policía Local o Guardia Urbana, que están en el ojo crítico de la ciudadanía.En muchas ocasiones son vistos como agentes de alquiler, recaudadores que se valen de las videodenuncias, fotodenuncias, radares y los más sofisticados ingenios. El criterio de servir al ciudadano parece que se ha ido desplazando por el de la producción del mayor número de denuncias al término del servicio, una prioridad que se antepone a la de ayudar a un vecino que precisa de algún tipo de asistencia.

Así, tenemos los PAC (Planes de Actuación en la Circulación), los PAE (Planes de Actuación Específicos), u otras siglas del género. La merma de efectivos y el afán recaudatorio del Ayuntamiento le han llevado a valerse de empresas privadas para retirar vehículos mal estacionados. Según las entidades críticas, las infracciones más perseguidas por las grúas no son las que más perjuicios provocan, con un desarme de criterios y subversión de objetivos.

Lejos quedan los tiempos del guardia urbano usando el silbato en los cruces de la ciudad, ataviado de oscuro y tocado con el característico salacot, el guardia amigo junto al que conductores y transeúntes depositaban viandas, botellas y algún que otro pavo, según se encargan de revivir algunas felicitaciones navideñas.Ahora, se habla bien del clima barcelonés pero no de los servidores de la ley y el orden.

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