Estas fiestas, el presidente de la Generalitat ha regalado a sus colaboradores el libro El arte de callar (L´art de se taire), de Joseph Antonie Toussaint Dinouart, un eclesiástico de Amiens del siglo XVIII. José Montilla, que hace un año se presentó a las elecciones con el lema "Fets i no paraules", ha pedido desde el primer día que se le juzgue por su gestión y no por sus discursos, lo que ha sido replicado desde la oposición al considerar que el silencio es resultado de la falta de proyecto político. El silencio es oro, como en la añeja canción de The Tremeloes, para el presidente catalán. En cambio, su antecesor Pujol reclamaba hace unos días acabar con el muts i a la gàbia y hacer oír la voz del disgusto. Si no mediaran más de dos siglos, se podría pensar que el abate pensó en Montilla cuando glosó el silencio político como "el de un hombre prudente, que se comporta, que se conduce con circunspección, que no se abre a menudo, que no dice todo lo que piensa, que no explica casi nunca su conducta ni sus proyectos; que sin traicionar los principios de la verdad no responde demasiado claro para no dejarse descubrir".

En cualquier caso, resulta un acto de audacia por parte de la primera autoridad catalana intentar convertir un defecto en virtud, una carencia en capacidad. Pero aún es más loable que sea capaz de ironizar sobre una insuficiencia. La política, que muchas veces es tosca, zafia y chapucera, recupera en detalles como este ingenio, sutileza y finura. Diderot decía que "el que te habla de los defectos de los demás, con los demás hablará de los tuyos". Si seguimos al pie de la letra su máxima, deberemos deducir que quien es capaz de reconocer con los otros sus defectos, será generoso con las carencias ajenas.

El abate Dinouart escribió su tratado El arte de callar,que en su versión original añadía en su título la coletilla principalmente en materia de religión, tras haber polemizado como predicador. Ello le valió primero que tuviera que abandonar la diócesis de Amiens después de defender el protagonismo de las mujeres en la sociedad ilustrada y luego le costó un proceso criminal contra él y su colega el abate Joannet por sus textos modernizadores en el Journal Chrétien, que fueron calificados de "ateos" por la jerarquía religiosa. Es decir, que llegó a la conclusión de que era mejor callar que defender lo que uno pensaba, tras descubrir que ello le comportaba serios problemas que afectaban a su residencia y a su libertad. No es el caso del president Montilla, pues su arte de callar se parece más a la voluntad de discreción que permitió a los aliados desembarcar en Normandía que a la reserva de gos escaldat que amb aigua tèbia en té prou del clérigo.

De todos modos, entre los consellers del Govern que recibieron el libro del abate publicado por Siruela hay algunos de los más ilustres incontinentes (verbales) del país. Estos harían bien en recordar a Larra en otro libro cuando escribió: "Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden".