No hay cosa que envejezca más rápido que las predicciones de Año Nuevo. Repasen las hemerotecas y se reirán un rato. A pesar de ello, se siguen haciendo con obstinada ilusión, lo cual demuestra que el antiguo afán por convocar el futuro es más fuerte que la evidencia de nuestros errores repetidos en estas ímprobas labores. Por eso los medios de comunicación toman, por un día, el papel de los antiguos chamanes, druidas y brujos, y tratan de convertir en racional y plausible lo que no deja de ser una extraña mezcla de magia, estadística, voluntad, experiencia y olfato. "¿Por dónde van a ir los tiros?", pregunta el paisano mientras compra las uvas en la tienda de la esquina. La mejor respuesta, hoy por hoy, se la dará el director de su sucursal bancaria, más atento que nadie a la confianza de la gente. Si no le quedan las cosas muy claras tras constatar la caída en picado de la firma de créditos hipotecarios, puede repreguntar al director del colegio de su hijo, al comerciante más observador del barrio o, en caso de tener fe, al cura más cercano y escéptico.

"Que el 2008 sea mejor que el 2007", nos decimos unos a otros, mientras nos tratan de vender unas escuetas bragas rojas para uso y disfrute de la noche de San Silvestre. Las bragas - si no hay más remedio- las usaré de gorro, pero la manía de los augurios me obliga a cavilar sobre lo poco que sabemos acerca de lo que seremos mañana. El augur era un sacerdote romano que adivinaba el porvenir mediante la observación atenta de las aves y - todo hay que decirlo- las pasaba canutas cuando no acertaba, que era casi siempre. No hay que confundir los augurios con los oráculos, pues estos tenían una conexión especial con los dioses y, por tanto, se les suponía más fiables y acreditados. Hoy, rodeados como estamos de profetas de todo a cien y dioses a granel, las predicciones cotizan a la baja, empezando por las sagradas y omnipresentes encuestas políticas y electorales, material tan denostado como bien pagado por los interesados del gremio, incluidas todas las administraciones. Tampoco a los augures se les cortaba la cabeza por errarla, así que nada ha cambiado. El líder que no haya encargado (y se haya tragado) un sondeo que tire la primera piedra.

Cada 31 de diciembre nos llueven listas de posibles hechos que nos esperan a la vuelta de los meses. En los últimos años, la cosa se ha suavizado un poco al utilizarse el término tendencias, menos agresivo y más vago y abierto. Las tendencias son predicciones light y genéricas, sugerencias que escapan al determinismo salvaje de la fecha y del nombre concretos. Como un supermercado de afanes. Dentro de la cosa blanda de las tendencias, hay siempre espacio para el libre albedrío o para el psicólogo de cabecera.

Así las cosas, los horóscopos y el tarot empiezan a ser materiales casi científicos.