DESAFIO NACIONALISTA: El análisis
En una de las aventuras de Astérix, galos y belgas pidieron el arbitrio de Julio César para descubrir cuál de las dos tribus era la más valerosa. Como si tuvieran la misma duda respecto de sus propias tribus de irreductibles, un vasco y un catalán amagaron con picarse en un café cercano a Moyua discutiendo sobre quién ganaría el partido de la noche. Al cabo, fue un camarero con mucho aúpa prendido de los labios el que terció con una frase que resumía el espíritu del aquelarre previsto para unas horas después: «¿Saben qué? Vamos a empatar. Porque de lo que se trata hoy es de que pierda España». Y marchando unos txakolís para que beban del cuerno en armonía todos salvo los que se hayan caído en la marmita de niños.
Al aficionado al fútbol de al sur de Burgos se le puede antojar que bastante tiene España con perder los partidos que juega como para que encima los que no juega sean concebidos como un vudú con agujas a 'Manolo el del Bombo'. Y, sin embargo, sin la evocación permanente de ese enemigo mítico ante el cual cortarse las muñecas para mezclar sangres, nada de lo que ocurrió ayer sábado en el Arenal, en la Casilla y en San Mamés tendría sentido. Porque el mero pretexto deportivo, al que se agarró Carod-Rovira durante la presentación de la declaración de San Mamés para ofrecer un discurso limpio, no es sino un territorio común en el que coincidir para cambiar fluidos políticos y propulsar una batasunización del independentismo catalán que se aprecia hasta en la imitación estética. Ante la obsesión anti española, ante la versión del Que viva España que ayer fue cantada en la calle incorporando la palabra «puta», el aficionado de al sur de Burgos puede comportarse con el desapego de Humphrey Bogart cuando en Casablanca le dijo a Peter Lorre que el hecho de no pensar jamás en él le impedía despreciarle. Pero ese odio desaforado es el que alimenta confraternizaciones de la insurgencia como la que ayer tuvo lugar en San Mamés con el fútbol como excusa. Y ese odio es tan febril que a veces, como el escorpión cercado por el fuego, se arrea aguijonazos a sí mismo, a su propia gente: en el Fondo Sur había una pancarta que llamaba traidores a algunos de los jugadores alineados con Cataluña, Puyol, Xavi, además de Cesc, culpables de jugar para España. De Bojan, en cambio, ungido como favorito, la prensa nacionalista dijo que prestarse a este juego significaba su consagración internacional. Es obligada la pregunta: ¿los jugadores participan en estas parrandas por conciencia, como Tiko, que estuvo en la Casilla sosteniendo una pancarta, o simplemente porque el ambiente les abduce?
La ciudad de Bilbao tiene la capacidad de vivir en compartimentos estancos. Es como en la película Brasil, de Terry Gilliam, donde los camareros se apresuraban en tapar con un biombo a los asesinados en atentado para que pudieran continuar las cenas de las mesas vecinas. Por esa capacidad de abstracción que desarrolló la sociedad bilbaína durante los años de plomo, se entiende que en los restaurantes del centro transcurra una opulenta jornada burguesita que todo lo ignora, mientras alrededor todo lo toman las consignas que levantan altares para los asesinos, esta vez con el fútbol como excusa. En la carpa del Arenal, con música en directo y un aroma sanferminero, con los zuritos y las sidras manando en los chiringos montados por Esait, se mezclaban dentro de su propio compartimento estanco las bandas de la insurgencia. Los batasunos y su aureola comanche. Redskins con las cañas de las Martens subidas hasta la rodilla. Barras bravas de la Real, de Osasuna, del Barça, y hasta una pancarta de los Biris del Sevilla, andaluces que ni por remedar a Belmonte son capaces de darse cuenta de que Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es el casco viejo de Bilbao y sus banales tentaciones de una falsa épica a la que se enganchan pipiolos que son víctimas del ambiente, porque acaso no tengan plan mejor ni otra excusa más brava para hacer que rule el mini. Tal vez sea por eso que, entre la horda, aparecieran pijas como abducidas en Serrano y soltadas luego allí a las que las canciones que festejaban muertes les parecía una cosa como muy guay para un sábado por la tarde.
La procesión de la Casilla cargó con todo el peso político. Los que reclaman selecciones para Cataluña y el País Vasco andaban algo hastiados de amistosos de fogueo y pedían una vuelta de tuerca vindicativa. Lo consiguieron, no sólo con la unidad airada de ambas hinchadas, sino también con la introducción en la denominación de las selecciones del neologismo Euskal Herria. Que siempre estuvo relacionado con la jerga abertzale y se va institucionalizando con el apoyo del propio discurso oficial. Por lo demás, al partido le sobró la pelota. Aunque habrá que preguntarle a Laporta, el que no admite un jet-lag cuando se juega para España, si la rodilla de Jorquera merecía ser sacrificada por la causa.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados