TESTIGO IMPERTINENTE
Sarkozy necesitaba imbuirse de majestuosidad para mitigar su vergüenza de macho abandonado - Carla Bruni ha duplicado su caché sin mover un dedo - En un barrio de Madrid de progres alternativos he visto una bandera republicana junto a un Papá Noel tiñoso
Es la hora de la espantá. Con el polvorón todavía adherido al paladar, la gente levanta el vuelo. No importa el destino, eso va en modas. Los exquisitos se mantienen fieles a Gstaad (también son ganas, con la que está cayendo), y los rumberos, a Phuket (Tailandia), la playa más popular que se despacha por ahí abajo (al fondo a la derecha). Aparte están los adictos al mulaterío, mayormente españoles necesitados de alivio, que de 20 años a esta parte encuentran en el Caribe el mejor bálsamo para su erotismo de secano. Tampoco hay que olvidar Nueva York, Canarias, Bali o Buenos Aires. Y Egipto, claro.
Egipto es la tierra de huida por excelencia. Una pareja famosa consagró ese viaje hace 2.000 años y muchos pintores se encargaron de recrearlo luego en sus lienzos: Giotto, Patinir, Brueghel. Desde entonces, siempre hay una pareja que huye a Egipto. Es el gran parque temático del norte de Africa. No queda a trasmano y tiene una oferta turística apetecible.
No resulta, pues, extraño que Sarkozy, en su nuevo periplo amoroso, eligiera Egipto para rematar la faena con Carla Bruni. Acompañado de un séquito de nueve personas (y mogollón de fotógrafos), el presidente galo hizo su entrada triunfal en Luxor. Parecía un faraón de toda la vida. Poderoso, emblemático, irresistible. Sarkozy necesitaba imbuirse de majestuosidad para mitigar su vergüenza de macho abandonado. De momento parece que lo está consiguiendo. El presidente se ha encontrado a sí mismo entre las dunas del Valle de los Reyes. En cuanto a Carla Bruni, ella ha duplicado su caché sin mover un dedo. Bruni no huye de nada, que se sepa. Tiempo tendrá de hacerlo si él agota el repertorio de chulerías que guarda en la chistera y ella se aburre de los fastos del poder.
A falta de un Giorgione o un Patinir, esta vez los encargados de inmortalizar la escena fueron los paparazzi, que hicieron causa común a la puerta del lujoso hotel (1.200 euros la noche) donde se alojó la pareja. El despliegue estaba justificado. Hubiera sido un drama para Sarko conquistar a la señora Bruni (que, siendo bella, responde al casposo estereotipo que los españoles tienen de las francesas) y no dejar constancia gráfica para la posteridad.
Los gastos corrieron por cuenta del rico de turno, un tal Vincent Bolloré, que ya le había prestado un barco a Sarkozy tras el estrés de la victoria presidencial. Los barcos dan mucho juego para agasajar a los amigos. Que se lo digan a Francisco Hernando, El Pocero, cuyo yate Clarena II está recibiendo los últimos toques decorativos antes de ser presentado en sociedad. Lo mejor que podría pasarle a El Pocero es que ganara el pepé las elecciones y Mariano Rajoy aceptara celebrar la victoria con una travesía marítima en compañía de un ramillete de constructores.
Los españoles que no han huido a Egipto (ni a Phuket, Santo Domingo, Gstaad o Maspalomas) alimentan el mito de cercanías. Yo me fijo en la duquesa de Alba, la única que no necesita sumarse a ninguna moda porque ella es su propia moda. Este año, la duquesa ha decidido no dar ningún posado navideño y en su lugar ha prestado a Flashito, el perro estrella de la casa: doble página le ha dedicado un semanario de amenidades (al grano: ¡Hola!). Repuesto de la picadura de un mosquito tigre, Flashito posa ante el fotógrafo vestido de Papá Noel. Seguro que muchos lectores han envidiado su estatus. Ser perro de la duquesa no es cualquier cosa.
La socialización de Papá Noel alcanza extremos delirantes (y conste que no estoy criticando al pobre Flashito). La versión imperante es Papá Noel escalador, que trepa por las fachadas de nuestras ciudades. Menos mal que la creatividad siempre hace de las suyas. En uno de esos barrios de Madrid donde anidan los progres alternativos he visto una bandera republicana junto a un Papá Noel flácido y tiñoso. No es que alguien, atacado por un brote esquizoide, haya decidido hacerle la competencia a Gallardón conjugando ambos excesos decorativos. No. La bandera republicana está bien erguida, pero a Papá Noel lo ha colgado por el cuello, como a Sadam. Por suerte, la vida no siempre imita al ¡Hola!
El belén March
DEL 'CAGANER' A LA BARBIE. Ultimo tramo de los fastos navideños, con las luces gastando a toda pastilla y los escaparates atiborrados de brillos. La vida va de culo y cuesta abajo, todo tiene un tufo apresurado y los escotes resbalan bajo la helada. Dentro de nada, las guirnaldas volverán al trastero y será primavera en El Corte Inglés.
Los decoradores se han afanado este año montando árboles y belenes de firma en los que el follaje hace juego con la caída de las cortinas. El minimalismo es una tendencia estética que no cuadra con la Navidad. Si hay algún belén minimal, ése tiene que ser el de B & B (Blanca y Borja), que gastan diseño para todo.
Los belenes de decorador tienen abundancia de palacios, y palacios con abundancia de columnas, y columnas con abundancia de mármoles. O sea, como el chalé de un constructor. La familia March ha prestado su belén al Palacio Real, que también tiene abundancia de todo, aunque no sea de un constructor. El fastuoso belén March -napolitano, del siglo XVIII- cuenta con más de 800 figuras, y los modelos del cortejo de los Reyes Magos, con elefantes compactos y porteadores negros, parecen diseñado por el Valentino o el Ungaro de la época. El belén napolitano es la versión palaciega del belén propiamente dicho, que es rural y pobre de solemnidad. En Madrid, uno de los belenes napolitanos más celebrados es el de Carlos Zurita, duque de Soria. Está expuesto desde finales de noviembre hasta febrero en el recibidor de la casa familiar y constituye un espectáculo de belleza.
Los belenes de toda la vida son más heterodoxos. En ellos cabe de todo: desde el caganer hasta la Barbie. O la Bratz, que es como la Barbie, pero más putona.
© Mundinteractivos, S.A.

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