La felicidad absoluta
Todo el mundo sabe que el buen trabajador, cuando no tiene más remedio que ponerse malo, lo hace en fin de semana (o en vacaciones, si se trata de una enfermedad que abarque un periodo más amplio).
Lo importante es que la empresa no se entere y no se vea afectada.
En mi caso eso es imposible, porque soy mi propia empresa, pero no me escapo de la regla: he aprovechado que en los próximos días no tengo ni televisión ni radio para pillarme un trancazo de mil pares.
En vez de arreglármelas para sacar partido del sol mediterráneo, que se está portando, y dedicarme a lo más parecido al dolce far niente que me permite la vida, voy y me pongo fatal, agarrando un gripazo, o un catarrazo, o lo que sea que tenga, que me da igual cómo se llame, porque es igual de fastidioso.
Bueno, en todo caso mañana será fin de año, esté yo griposo, mocoso o no, y quiero aprovechar la ocasión para desearos muchas felicidades.
Quizá me decida a cumplir con una tradición personal y escriba para Público una columna explicando por qué me gusta la costumbre española de desear muchas felicidades, en plural. Por qué creo en ese plural.
Precisamente porque no creo en la felicidad, en singular. En mi criterio, uno puede conseguir parcelas de felicidad, momentos estupendos, pero no instalarse en la felicidad permanente. Sobre todo porque la felicidad, si es absoluta, deja de ser feliz, al no poder contrastarse con nada distinto: el dolor, la pena, el hastío.
Decía Hegel que en la claridad absoluta no se ve nada. Yo, que soy más hegeliano, afirmo que la claridad absoluta no existe.
En todo caso, tengo tan claro que este 2007 ha sido una mierda, que me apunto a lo que sea. Feliz 2008.

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