Llega el Fin de Año y con ello son muchos los propósitos, planes y deseos que se expresan o no en voz alta pero que cada cual - en mayor o menor grado, con más o menos reflexión, con mayor o menor autoexigencia, de manera más o menos consciente- se propone a sí mismo para intentar tener un año mejor que el anterior. Este tipo de planteamientos acompañan cíclicamente el fin del año y el inicio del siguiente - incluso aunque no se hayan cumplido los planes de años anteriores-, convirtiéndose en un aspecto clave de la tradición en esta fecha igual que las campanadas y las uvas; o que otros aspectos menos añejos como el de la ropa interior roja o abrir las ventanas, este último de reciente incorporación y fruto de la cada vez mayor convivencia en nuestro país de culturas diversas.

No sé por qué lo hacemos, ni es importante ahora cuestionarnos si tiene algún sentido hacerlo; sí hay que subrayar que básicamente consideramos el traspaso de año como algo positivo y que ello supone en general una clara renovación de la ilusión por el futuro.

La periodificación del tiempo depende del tipo de sociedad - nada mejor que pensar en el calendario chino o acordarse de los mayas para entender que esta es un producto social-, igual que los deseos. Cada tiempo tiene los suyos, aunque cada vez es más difícil decir que cada cultura tiene los suyos.

Es por ello que las demandas tradicionales de salud, amor y dinero compiten en la actualidad, por ejemplo, con el deseo de un tratamiento de rejuvenecimiento en alguna de sus versiones posibles: para algunos es un lifting o cualquier otra operación de estética que ahora no puedo precisar, para otros sólo apuntarse y asistir - son dos cosas distintas- al gimnasio.

Ya sé que no está reñido envejecer con hacerlo en las mejores condiciones posibles y luciendo un aspecto inmejorable, pero lo que claramente es signo de nuestro tiempo es la insistencia en rejuvenecer. Es curioso lo que llegamos a invertir en quitarnos años de encima y lo mucho que, a su vez, celebramos pasar de año, es decir, existir un año más y, por tanto, seguir en este mundo haciéndonos viejos.

CRISTINA SÁNCHEZ MIRET, socióloga.