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Al cabo de un año de estar en España, un ejecutivo nórdico que estaba trabajando en un banco español se acercó a sus colegas y les dijo: «Los españoles sois muy hipócritas. Decís que tenéis un carácter abierto y acogedor, pero ninguno de vosotros me ha invitado a cenar en su casa. Eso no hubiera pasado en mi país».Este hombre no entendía nuestro código secreto. Aquí nadie invita a cenar a casa a su colega de trabajo. Aquí se hacen relaciones en el bar. Eso fue lo que le explicaron sus colegas y al final el pobre lo entendió. Por eso las casas de los del norte son tan acogedoras para dar cenas, pero las nuestras tiran a desarregladas porque, total, quién demonios va a venir a estas horas.
Quien llegue aquí a trabajar tendrá que entender nuestro código de relaciones humanas si quiere triunfar. Cuando te encuentras a un conocido al que hacía tiempo no veías, te despides diciendo: «Bueno, te llamaré la semana que viene y quedamos». Eso quiere decir en realidad: «Me agrada ver que estás más viejo que yo y me gustaría tropezarme contigo en la calle de nuevo pero a lo mejor no pasa ni eso». Pero de llamar, nada de nada. Los dos lo saben.
Un periodista anglosajón recién llegado confesaba en un libro de vivencias que está todavía esperando que le llamen los españoles tan cariñosos que conoció al principio. En su país, «te llamo» es el paso anterior a sacar la agenda y buscar fecha. Aquí tenemos la agenda repleta de «te llamo y quedamos», pero son renglones en blanco. También tenemos frases que, vistas por un profesor de lógica, son contradictorias. Cuando alguien nos cae bien y nos pide «por favor» que le alcancemos un libro o cualquier cosa, le decimos «¡hombre, sin favor, que estamos para servir!». Un amigo alemán no lo entendía porque en su país pedir las cosas «sin favor» es un atentado contra las normas de educación. Como también lo es no presentarse cuando uno llama por teléfono. ¿Aquí en España? Bueno, uno descuelga el teléfono y del otro lado escucha una voz ronca que dice: «¿Manolo?». Pues no, no soy Manolo. «¿Y dónde está Manolo?». Ni idea porque aquí no hay ningún Manolo.Y el amigo de Manolo cuelga sin más.
Cuando las empresas españolas empezaron su segunda conquista de América, se produjeron casos insólitos de choques entre civilizaciones.En Latinoamérica se piden las cosas por favor, se habla bajito, se cuidan las formas, y, ejem, no se sueltan tacos. Llegaron los españoles a Argentina, a Brasil, a Cuba, a Colombia y a Venezuela y se comportaron como en casa. Todo a gritos. Siempre soltando tacos. Los latinoamericanos se preguntaban en los corrillos: «¿Por qué el jefe siempre está bravo (enfadado)?»; «¿Qué le hemos hecho?».
Las agencias de comunicación tuvieron que explicar a los españoles que en esos países alzar la voz es como abroncar a una persona y eso, según su código, era insultante.
Los tacos fueron legalizados en cierta forma por Camilo José Cela, y hay que reconocer que son tan españoles como la tortilla de patatas. En todos los canales de televisión, y a todas horas, se sueltan tacos a mansalva, y lo mejor de todo es que nos parecen normales. Los sueltan los futbolistas, los políticos, los empresarios y los actores. Por eso, cuando los responsables de Iberia tienen que programar sus películas para los vuelos de larga duración no suelen meter muchas películas españolas, porque si viajan familias con niños se arriesgan a que los padres dejen de escoger la línea aérea con más tacos por milla recorrida del mundo. Películas como Mortadelo y Filemón, que teóricamente están realizadas para públicos infantiles o adolescentes, serían calificadas de mayores de 18 años en otros países.
Otra de las cosas que sorprende a los extranjeros es la facilidad con que los españoles se tutean sin apenas conocerse. Ah, ese es uno de los mandamientos más importantes de nuestro código.Aquí se tutea todo el mundo y encima sucede algo verdaderamente chocante. Si cuando empieza una relación agradable entre hombres o mujeres de negocios, una de esas personas insiste en tratar al otro de usted, está marcando unas distancias desagradables.«¿Este tipo qué se cree?», piensa la otra persona. Es decir, emplear el «usted» es como ser un engreído o un soberbio.
Los periodistas tenemos una especie de patente de corso porque en la vida real tuteamos al presidente de Gobierno y a los ministros, a banqueros y empresarios, a cualquier representante del poder, sea cual sea su poder. Es nuestra forma de ejercerlo.
Los extranjeros tampoco entienden cuándo hay que dar un beso en la mejilla a una persona del otro sexo, y cuándo hay que estrecharle la mano. Se lo voy a explicar de una vez: depende de una combinación de rango y entorno. Si la persona a la que acabamos de conocer es de mayor rango que nosotros, hay que esperar sus movimientos.Si esa persona acerca la mejilla, hay que reaccionar de inmediato a la orden de «dar beso, estúpido». Pero si esa persona extiende la mano en el primer momento, no hay que acercarse ni por asomo porque nos está marcando su territorio, y si insistimos en estampar el beso va a parecer que hacemos acossing sexualing. Y hablo de encuentros de negocios.
Pero también depende del sitio y del momento. Imaginemos a una ejecutiva de mayor rango que nosotros. Muchas veces sucede que nos ha dado un beso porque hemos sido presentados por personas de mucha confianza. Ella sólo quiere manifestar su cariño a la tercera persona, dejándonos que besemos sus mejillas. ¡Atención! Sólo en ese momento. Pero los guiris ya se creen que tienen un permiso para toda la vida, y les he visto dar besos a una persona de mayor rango cuando el momento no era el adecuado, es decir, estando rodeados de extraños.
No señor, los besos van y vienen, se conceden o se prohíben, pero nunca son para siempre. Hay ocasiones en las que se da la mano al principio, pero el final acaba con un beso porque se ha llegado a un alto grado de compenetración. Es como cerrar un trato. ¿Pero hay una regla? Bueno, sí: hay que mirar a los ojos, detectar una sonrisa e interpretar los signos como toca dar beso. Es un código que sólo se entiende cuando se vive algún tiempo en España.
© Mundinteractivos, S.A.

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