El frente de Irak mejoraba, muchos menos atentados, el de Irán bajaba en tensión, se frenó la construcción de proyectiles nucleares?, y ahora estalla con toda crudeza el de Pakistán. El asesinato de Benazir Bhutto abre una sima en el país de consecuencias inciertas no solo para Pakistán.

En Estados Unidos, el hecho, que inundó ayer la primera de todos los medios, provoca enorme inquietud. No debería sernos indiferente. La estabilidad de Pakistán está en juego y el país no es una islita perdida en el Pacífico y, dato esencial, tiene varias bombas atómicas. Es un elemento clave para que los talibanes ?-que originaron una guerra- no vuelvan a Afganistán y para coartar los movimientos de Al Qaida. Que pueda controlarlas, después de una revolución, un régimen loco inquietaría inmediatamente a la India, 1.100 millones de habitantes, adversaria contumaz de Pakistán y también poseedora del arma, lo que inquietaría a China, lo que inquietaría a Japón?

Bhutto, que valientemente regresó al país hace tres meses y que abogaba por la democratización de este y por una mayor secularización, está marcada por la contradicción y la tragedia. En el terreno personal, como los Kennedy, los hados le han sido funestos. En el político vienen las contradicciones. Apóstol de la regeneración democrática, tiene un pasado como jefa de Gobierno un tanto ambiguo. Sus dos períodos estuvieron marcados por la corrupción y por su carácter autoritario. Defensora a ultranza de la emancipación de la mujer, aceptó un matrimonio arreglado por su madre. Era culta, estudió en Oxford y Harvard, ingeniosa, inteligente y maniobrera. Su desprecio al peligro le ha costado la vida.

La paternidad del atentado, aunque los entusiastas seguidores de Bhutto apunten al presidente paquistaní, parece ser de los extremistas islámicos. Al Qaida, que son los que tenían más que perder si regresaba al poder en las elecciones del día 8. Ese resultado electoral era el deseado por Estados Unidos, que había diseñado el regreso de Bhutto para que pactando con su enemigo el presidente Musharraf alumbrara un Gobierno salido de las urnas con Benazir de primera ministra y el general manteniendo la presidencia. Era la salida democrática soñada por la Administración de EE.?UU.

Alguien ha dicho que Pakistán está al borde la guerra civil. Suena a alarmista, pero el problema es saber qué ocurre ahora. El partido de la señora Bhutto, el PPP, está descabezado, pero, si se inventa una cabeza, podría sacarle rédito en las urnas al «efecto mártir». El otro partido civil importante, el de Shariff, ha dicho que boicoteará las elecciones. El presidente Musharraf podría haber caído en la tentación de, ante los crecientes disturbios por el asesinato, decretar el estado de emergencia y aplazarlas. Pero ha decidido mantenerlas.

Otro efecto que nos concierne: el magnicidio de la Bhutto ha entrado en la campaña electoral americana. Puede incidir en las primarias del miércoles al favorecer a algún candidato y descartar a otro. Lo que no debería dejarnos fríos.