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29 Diciembre 2007

Gran escultor, pero también artista total, de Rubén Suárez en La Nueva España

Hemos perdido ayer a uno de los más grandes artistas asturianos del siglo XX, la figura de mayor proyección nacional en el arte de la escultura, sin olvidarnos de Amador y César Montaña en su generación, y compartiendo ese lugar de privilegio -Luis Fernández es caso aparte- con Orlando Pelayo y Antonio Suárez. Precisamente junto al también gijonés Antonio Suárez, futuro miembro fundador del grupo «El Paso», comenzó Joaquín Rubio Camín su aventura artística en la pintura, como autodidacta, con una exposición conjunta en la sala Cristamol de Gijón en 1947. Además de estudio y amistad, compartían muchas cosas aquellos dos jóvenes pintores, y la más significativa, su visión del arte nuevo, una figuración que apostaba por la simplificación formal y el predominio de los valores plásticos sobre los meramente naturalistas y anecdóticos; expusieron muchas veces juntos, en Asturias y en Madrid, y despertó pronto la atención y el interés de la crítica aquella pintura que aspiraba a incorporarse, si bien aún tímidamente, a las tendencias europeas de vanguardia. Rubio Camín, aquel paisajismo industrial suyo tan poderoso y expresivo, siguió luego su camino en solitario, y la precocidad del artista le llevó a ser el creador más joven de los representados en la emblemática I Bienal Hispanoamericana de Pintura, celebrada en Madrid, en 1951, todo un acontecimiento como punto de partida del arte español hacia la modernidad.

No mucho después, en 1952, obtenía Rubio Camín el Premio Nacional de Pintura, lo que lógicamente suponía acceder a un lugar de privilegio en el mundo del arte, que se tradujo en numerosas exposiciones y encargos de pintura mural, religiosos e institucionales. Y, por extraño que pueda parecer sin conocer al personaje, cuando más favorable se presentaba su horizonte en la pintura optó por dedicarse a la escultura, prioritariamente porque nunca dejó de pintar. Sucede sin embargo que en la creación de Camín (ya sólo Camín desde entonces) hubo siempre dos características fundamentales: la unidad de concepto y la curiosidad universal, lo que le convertía en artista total y le hacía sentir la necesidad de expresarse mediante muy diferentes propuestas plásticas -«me niego a estar en un solo sitio, en un solo oficio», declaró en cierta ocasión- sean pintura, escultura, grabado, fotografía, tapicería, libros, jardinería o muchas cosas más.

Otra necesidad sentía Camín que tiene más directa relación con los medios de que podía disponer para la formalización de la obra: necesitaba una fuerza definitiva para destruir el espacio ilusionista de la pintura que rechazaba y que también le permitiera potenciar la comunicación manual con la obra y hacer oír la voz de la materia. Y así, dedicado desde 1960 a la escultura, repitió en 1962 su éxito nacional con la pintura, en esta ocasión en el I Certamen Nacional de Artes Plásticas, y su obra tuvo aún mayor dimensión nacional e internacional, representando a España en bienales como la de São Paulo o Venecia, la primera Trienal Europea de Escultura de París o distintas ferias en todo el mundo.

Cada materia supuso para Camín el reto de conseguir poner de manifiesto sus propiedades expresivas y por ello experimentó con gran variedad de ellas, adaptando su creación a esas propiedades. De lo que podemos tener una idea considerando únicamente las dos más significativas: el hierro, la predilecta y la más determinante en su trayectoria artística, y la madera. Con el hierro siguió la tradición del constructivismo, sin perder de vista el neoplasticismo de Mondrián, a quien adoraba e hizo objeto de reiterados recuerdos y homenajes en sus obras de los 90, y obtuvo un general reconocimiento nacional por la adopción del angular como principio y desarrollo de una personal obra de hermosa y elemental geometría. Una forma de la que aseguró que había sido su gran maestro, «el primer movimiento de un plano para hacer escultura... la síntesis, el principio del volumen... una escultura en sí mismo», pero también, multiplicado, elemento integrador de piezas con las que consiguió una notable diversidad de posibilidades formales. En cuanto a la madera, la pureza geométrica dejaba paso a la fuerza expresiva y lírica de la propia naturaleza en los «troncos» cuya intervención plástica, directa y de cierta rudeza privilegiaba los valores texturales y en general las propiedades de la madera natural, todo lo cual encontró su camino a partir de su instalación en el ámbito rural de Valdediós. Un gran artista y un personaje entrañable enraizado profundamente en su Asturias que cuenta con gran número de manifestaciones de su obra, que fue sobre todo la escultura, pero también extendida a otras muchas formas de creación artística propias de una vitalidad y de un quehacer en el que cabía todo.

Tags: ruben suarez

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