¿Y quién los mata?

Hay una variedad de canciones dentro de la música folk anglosajona que ha dado y sigue dando espléndidos frutos. Me refiero a las llamadas topic songs, compuestas por el cantautor de turno a partir de una noticia leída en un periódico, oída en la radio o vista en la televisión.

Woody Guthrie fue maestro en el género –su Deportee (Plane Wreck at Los Gatos ) está en la cumbre–, pero muchos otros, antes y después, han alimentado esa tradición con notable genio creativo. Entre los últimos, Bruce Springsteen. Entre los penúltimos, Bob Dylan, autor no sólo del célebre Hurricane , sino también de varias piezas juveniles impresionantes. ¿Quién mató a Davey Moore? es una de ellas.

En esa canción demoledora, Dylan disecciona un combate de boxeo que acabó con la muerte de un contendiente. Pregunta quién fue el culpable de su muerte. Uno tras otro, todos los hipotéticos responsables (el árbitro, el público, el entrenador, el corredor de apuestas, el cronista deportivo, el otro boxeador) se van lavando las manos. Dylan tiene la inteligencia de no proporcionar ninguna respuesta final, pero la rabia y el desdén de la letra nos la sirve en bandeja. No hay un culpable específico. Todos son culpables.

El mismo presunto deporte terminó el martes más o menos en las mismas en Corea del Sur. Uno de los púgiles, Cho Yoi-sam, se desplomó nada más acabar un combate, víctima de una lesión cerebral.

La conclusión más sencilla –que comparto, dicho sea de paso– es que el boxeo debería ser prohibido. No sólo por los riesgos que comporta para quienes lo practican, que suelen acabar tronados, sino también porque es una vergüenza que haya gente que disfrute viendo cómo se dan de sopapos dos seres humanos.

Pero, a continuación –yo también practicante del género de las topic songs, a mi modo–, leo la espantosa cifra de muertos que ha habido en las carreteras durante estos días, y me digo si no deberíamos tomar ejemplo de la canción sobre Davey Moore y empezar a preguntarnos quiénes los han matado.

La salida más sencilla y más cómoda está ya en la letra de Dylan: ellos sabía qué riesgos corrían; fue el destino, la voluntad de Dios.

A mí no me vale.