UN ASESINATO ANUNCIADO: Los análisis

El asesinato de Benazir Bhutto no significa la muerte de la democracia en Pakistán, siempre y cuando las elecciones se celebren pronto. Posiblemente el primer impulso del presidente Pervez Musharraf sea el de aplazar las elecciones y volver a imponer el estado de excepción que hace bien poco que acaba de levantar, con el argumento de que, de no ser así, la violencia arrasará Pakistán. La condena inmediata de Moscú, que ha expresado el temor de que la muerte de la señora Bhutto desencadene una ola de terrorismo, ha dado implícitamente alas a ese tipo de medidas rigurosas.

Sin embargo, el Partido Popular de Pakistán (PPP), que bajo la dirección de Bhutto se mantuvo como la fuerza más importante del panorama político nacional, deseará probablemente que las elecciones se lleven adelante. Si es capaz de alumbrar un nuevo jefe que resulte creíble, cabe la posibilidad de que el partido arrase y consiga una poderosa ventaja a caballo del efecto mártir. Es probable asimismo que el Reino Unido y EEUU insistan en que las elecciones son la fórmula para recuperar la estabilidad.

La muerte de Bhutto va a suponer una terrible conmoción, pero no se puede decir que sea una sorpresa. En su condición de mujer -procedente además de la provincia empobrecida de Sindh y no del Punjab, que es el feudo por antonomasia de la clase dirigente de Pakistán- esta mujer parecía encarnar la esperanza de convertir Pakistán en un país más moderno.

Tuvo la suerte de sobrevivir a la explosión de la bomba de un suicida en la concentración con la que se celebró su regreso en Karachi. Sin embargo, la falta de precauciones ha hecho que pareciera sólo cuestión de tiempo que se cometiera un atentado con éxito contra su vida. Concentraciones políticas como la de ayer planteaban unos riesgos evidentes. Bhutto había sido enormemente criticada por la vanidad de la concentración de Karachi, donde la explosión terrorista acabó con la vida de unas 140 personas. Sin embargo, tras la imposición del estado de excepción por Musharraf en noviembre pasado, que llevó aparejado el cierre de las emisoras privadas de televisión, quedaba vedada para ella la posibilidad de una campaña virtual. Los mítines en ciudades clave como Rawalpindi se convirtieron así en ineludibles aunque no dejaran de ser peligrosos.

Puede darse por seguro que los seguidores fervorosos de Bhutto cargarán sobre Musharraf las culpas de su asesinato. Todavía estarán más inclinados a ver la mano de Musharraf en el asesinato porque éste ha tenido lugar en Rawalpindi, una ciudad que es en realidad una plaza fuerte, el cuartel general del Ejército de Pakistán y sede de la Casa del Ejército, la residencia en la que vive Musharraf y que se ha negado a abandonar aunque ha renunciado al cargo de jefe supremo de las fuerzas armadas.

La amenaza de protestas violentas no son exageraciones surgidas del entorno de Musharraf. A juzgar por sus recientes reacciones, el presidente bien podría invocar la amenaza de revueltas como justificación para la adopción de nuevas medidas excepcionales de seguridad. Es probable que en este punto cuente con el respaldo del general Ashfaq Kiyani, un hombre plenamente del régimen a quien recientemente ha recuperado como sustituto suyo al frente de las fuerzas armadas. Sin embargo, esta será la primera ocasión en la que se va a poner a prueba si la lealtad de Kiyani se mantiene firme y si comparte las tácticas de Musharraf a la hora de hacer frente a la amenaza terrorista.

¿Qué va a ocurrir ahora con el PPP? El candidato que parece más adecuado es Amin Fahim, vicepresidente del partido, que lo ha dirigido durante los años de exilio de Bhutto. Procedente de una poderosa familia feudal de la provincia de Sindh, al igual que su jefa, se tiene de él la idea de que es un hombre con la capacidad política suficiente para unir a las diversas facciones del partido y llevarlo a la victoria. También está el marido de Bhutto, Asif Zardari. No se trata, sin embargo, de un personaje que cuente con un gran crédito. Le falta carisma y durante la etapa de ella como primera ministra se le conocía como «el señor 10%». En una entrevista con ocasión de su vuelta a Pakistán, pregunté a Bhutto si su marido pensaba volver para estar con ella. «No», me respondió, con gran rotundidad, «se va a quedar al cargo de los niños y, en cualquier caso, está enfermo».

Brownen Maddox es la analista internacional del diario británico The Times

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