Y no se si es casi mejor así. Verán. Desde que irrumpio en la escena política francesa como ministro del Interior en tiempos de Aznar, Nicolás Sarkozy atrajo las miradas y el interés de muchos liberal-conservadores españoles. Años más tarde, como candidato a la Presidencia de la República Francesa, coincidiendo ya con la etapa de Rodríguez, terminó por convencer a buena parte del centro-derecha español de que en nuestro país hacía falta un liderazgo con el carisma que el ya presidente francés lograba transmitir con su sola presencia. Se le comparaba, injustamente, con Rajoy, y en esa comparación salía perdiendo el político gallego. Recuerdo la primera convención del PP tras las generales de marzo. A la clausura vino Sarkozy y se quedó con todo el pabellón abarrotado que le aplaudió hasta la extenuación. Después suyo fue el turno de palabra de Rajoy y la gente tomó las de Villadiego. Muy triste.
Fue la primera vez que vi en directo a Sarkozy y, aunque en aquel discurso no dijo más que obviedades, era el modo de decirlas lo que lograba encandilar a quien escuchaba... Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de francés ni chufla, la cosa tenía mérito. Hace un año o cosa así, volví a verle en Madrid, en un mitin a la colonia francesa en la campaña electoral de las presidenciales del país vecino. Ahí no habló Rajoy –no le tocaba-, pero fue aplaudido por los miles de franceses presentes en el acto. Si lo hizo Sarkozy, lógicamente, y volví a tener esa misma sensación de que, sin decir nada especial, lograba conectar con el público hasta el punto de hacer estallar al auditorio en aplausos... Todo un logro entre franceses.
Lo cierto es que el discurso de Sarkozy era -y es- bastante simple. Habla de nación, de esfuerzo, de mérito, de libertad frente a igualitarismo... Son ideas no muy nuevas, pero siempre presentes y muy necesarias en los tiempos que corren. Ese lenguaje, que no es un lenguaje acomodaticio sino exigente, fue el que hizo que se encendiera una llama de patriotismo y de abnegación por su país en una inmensa mayoría de franceses. Hasta ahí bien, muy bien diría yo. Pero, ¿qué ha pasado cuando el candidato ha llegado al Eliseo? Las cosas han cambiado sustancialmente. De entrada, de todos es conocido el afair amoroso: las rupturas-reconciliaciones con Cecilia mientras era candidato han acabado en divorcio y en un continuo ir y venir de rumores sobre sus devaneos hasta que parece haber encontrado el amor en la cantante Carla Bruni. La rapidez con la que Sarko ha olvidado a Cecilia da mucho que pensar sobre la sinceridad de sus lamentos cuando ésta amenazaba con dejarle.
No es que me importe el hecho de sus flirteos... Por mi, que se acueste con quien quiera. Lo que me importa es la falta de sinceridad con la que nos ha ofrecido al mundo su intimidad matrimonial. Porque si es falso en algo tan íntimo y, supuestamente, tan importante para un ser humano como su relación de pareja, ¿lo será también en asuntos de la res publica? Y luego viene esa segunda parte que también deja mucho que desear de la imagen de Sarkozy: su afición a amigos ricos, multimillonarios que le prestan villas, yates y le pagan vacaciones... ¿A cambio de qué? Puede que sea de nada, pero de entrada esa afición al lujo y a la vida onerosa no se corresponde con la imagen de ese Sarkozy austero, siempre con el mismo traje oscuro y camisa blanca, que trabajó durante años. Debo reconocer que en eso me recuerda un poco a Aznar, pero éste último ya no es presidente y puede hacer de su capa un sayo.
De los dos Sarkozys, el austero candidato con un discurso encendido, y el presidente mediático y amigo de la buena vida, me quedo obviamente con el primero, pero sin duda los dos son el mismo Sarkozy. Por eso, a quienes suspiran por una figura semejante en España les diría que se anduvieran con cuidado. Rajoy comparte con Sarkozy ese discurso exigente y centrado en la idea de Nación, de mérito, de esfuerzo, de libertad frente a igualitarismo, aunque lo diga con palabras que puedan parecer menos entusiastas pero que considero más sinceras. Pero, sin embargo, no creo que caiga en esa misma tentación de dejarse llevar por el lujo y las mieles del poder y, mucho menos, de dejarse embaucar por modelos o cantantes. Rajoy vive una relación de pareja que le llena del todo, y resulta mucho más cercano al común de los ciudadanos que ese Sarkozy de rolex y Ray Ban que pasea su cesárea figura por las ruinas de Luxor.
Quienes buscan en Sarkozy un ejemplo para España no saben lo que están pidiendo. O sí lo saben porque, en el fondo, son unos pocos pero muy poderosos los que siempre han apostado en la política por figuras carismáticas pero fáciles de engañar por la tentación del dinero y la fama. Esos mismos que el pasado verano apostaban por un Rodrígo Rato como figura emergente en el centro-derecha español y como alter ego de Sarkozy frente a un Rajoy que parecía, entonces, venirse abajo a pocos meses de las generales porque, según ellos, era incapaz de mantener la tensión del discurso que mantenía el presidente francés. Sarkozy se enfrenta a una encrucijada peligrosa: puede ser una de las figuras más importantes de este siglo, o puede acabar pereciendo –políticamente- en una espiral de lujo, poder y fama. Pero aquí lo que necesitamos es a un político que nos saque las castañas del fuego, y que no empeñe todo su capital en lo que dirán de él los libros de Historia.

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