La izquierda intelectual catalana (a falta de otros menesteres) anda bastante excitada con los fandangos mediáticos de Nicolas Sarkozy. Los mismos que pusieron al pobre Althusser en un altarcito hoy no pueden sufrir el estilo del presidente francés, hasta el punto de compararlo sin vergüenza con el caudillo golpista venezolano Chávez. Este es el paisaje que nos rodea. Recuerden que un presentador de TV3 se confesó partidario, en su día, de la candidata Royal y todo el mundo lo encontró de lo más natural y plural; si ese mismo excelente profesional hubiera anunciado su simpatía por Sarkozy, le hubieran montado un juicio sumarísimo del que no habría salido vivo. Porque una cosa es soportar la llamada "costra nacionalista" y otra permitir que alguien se mueva un milímetro de la ortodoxia chachi-piruli. Sarkozy tiene algo que excita mucho a los que imitan a una de las izquierdas más anquilosadas, conservadoras, estatalistas y oxidadas de Europa.

El gran argumento es que Sarkozy pervierte su presidencia porque concederá, sin duda, favores al amigo millonario que le ha pagado las vacaciones - novia Bruni incluida- en Egipto. El amigo en cuestión es un magnate de la comunicación, lo cual va bien para pensar en turbios manejos y conspiraciones de alto nivel. Este esquema parte de dos supuestos, a saber: a) Sarkozy es imbécil y sella alianzas inconfesables bajo miles de focos; b) el público francés también es imbécil y acepta encantado que su líder se venda por un veraneo. Tal vez, en el retrovisor de tantos críticos locales de Sarkozy hay una nostalgia comprensible por el estilo, tan discreto, que presidía las relaciones entre la presidencia de Felipe González y el primer grupo mediático de las Españas, en los buenos años del cambio socialista. O, más cercanamente, puede que haya inquietud por la sintonía entre la presidencia de Zapatero y un nuevo grupo de comunicación, liderado por un catalán autodenominado "no empresario". Por otro lado, nuestra izquierda cultural prefiere que los políticos echen mano de los recursos del Estado también para su asueto. Gusta más el estilo de Alfonso Guerra que, en pleno apogeo de su carrera, cogió un avión del ejército para acudir a una cita con su amada.

Los que tanto se cabrean con Sarkozy tienen muy mala memoria. El socialista Mitterrand fue tan o más rey republicano - le llamaban "la Esfinge"- de lo que hoy pueda ser Sarkozy y, además, pobló el palacio del Elíseo de amantes, que entraban y salían como en un vodevil. Cosas del cargo. Recuerdo la poética estampa de su hija secreta, Mazarinne, el día del entierro de su padre. Es verdad que Mitterrand, que había tenido mucha paciencia para alcanzar la cumbre, se mostraba a medias y entre sombras, como todo orgulloso que se precie. Sarkozy, en cambio, prefiere la máscara iluminada del tipo arrojado, chulería torera incluida.