UN ASESINATO ANUNCIADO: Las opiniones

Ante todo, han matado a una mujer. Una mujer bella.

Una mujer visible e, incluso, ostensiblemente, espectacularmente, visible. Una mujer que no dudaba en celebrar sus mítines en uno de los países más peligrosos del mundo a cara descubierta y sin velo. Todo lo contrario de esas otras mujeres avergonzadas, ocultas, criaturas de Satán y, por lo tanto, condenadas, que son las únicas mujeres que toleran esos apóstoles de un mundo sin mujeres.

Esos que mataron a un judío como Daniel Pearl.

Esos mismos que mataron a un musulmán moderado, un abogado, un espíritu libre como el comandante Masud.

Esos mismos que lo intentaron con Salman Rushdie durante años, un hombre que se atrevió a decir que ser persona también consiste, a veces, en elegir el propio destino.

Con BB, Benazir Bhutto, mataron un poco todo eso. Pero también mataron a una mujer, a esta mujer. Han apagado esa intolerable provocación que era el brillo de su rostro mostrado, sólo mostrado, expuesto, en su desnudez sin defensa y que era, así, magníficamente elocuente.

Mataron a esta mujer porque era este rostro de mujer a la vez débil y de una fuerza sin réplica el que vivía su destino de mujer rechazando esa maldición que pesa, según estos nuevos fascistas que son los yihadistas, sobre el rostro humano de las mujeres. Mataron, pues, a la que encarnaba incluso la esperanza y el espíritu y la voluntad de la democracia, no sólo en Pakistán, sino en toda la tierra del islam en general.

Pervez Musharraf era un falso enemigo de Al Qaeda.

Simulaba combatirla, cuando, por medio de su doble juego, sus alianzas ocultas y su forma de mantener controlado su stock de terroristas y de soltarlos uno a uno, con cuentagotas, según las necesidades de su complicada alianza con su gran amigo americano, en realidad estaba jugando sus cartas a escondidas.

Benazir, si hubiese ganado (¿pero qué digo?), si simplemente hubiese vivido, simplemente vivido, no habría dejado de decir, por medio de su misma vida, de su ser, de su presencia y, en definitiva, de su testimonio, que era su adversaria decidida, absoluta, irreductible. Era, pues, para esta gente, una amenaza, más que política, ontológica. Les habría declarado la guerra sin cuartel. Ellos lo sabían y, por eso, la mataron.

Volví a pensar en ella, aquella tarde de diciembre de 2002, en Londres, en la época en la que investigaba la muerte de Daniel Pearl en este polvorín, a veces esta base avanzada de Al Qaeda, que ya era Pakistán. Bella, sí. Increíblemente valiente en su voluntad de volver, costase lo que costase, al país que ya le había arrancado, en medio de un perfume de tragedia shakesperiana, a sus dos jóvenes hermanos y a su padre.

Vuelvo a ver a su padre, Zulfikar Ali Bhutto, hace ahora 35 años, justo antes de la liberación de Bangladesh y del estallido de ese Pakistán del que ya era primer ministro. Lo vuelvo a ver tal y como era entonces, ignorante del destino que le esperaba, elegante, refinado, paquistaní y anglófono, musulmán y occidental, cruce viviente de las dos culturas, criatura natural y exitosa de dos grandes linajes, a los que nadie, entonces, imaginaba que tantas fuerzas iban a intentar enfrentar.

Eran la sal de la tierra paquistaní.

Eran los que podían impedir que no sólo este país sino también esta región del mundo se sumergiese en el caos.

Benazir Bhutto ha muerto, un poco como el día 9 de septiembre de 2001, el día de la muerte de Masud. Y, tanto hoy como entonces, no puedo evitar interrogarme sobre el escenario macabro que tienen, forzosamente, en mente estos asesinos. No puedo menos que preguntarme de qué puede ser preludio este otro acontecimiento enorme, este otro trueno.

La mejor manera de contestar es actuar y actuar pronto.

La mejor, la única forma de replicar a este nuevo y terrible desafío es conceder, de inmediato, toda su importancia simbólica al acontecimiento.

La señora Bhutto será inhumada los próximos días en ese país mártir que es, más que nunca, Pakistán. Tienen que estar allí, para acompañarla en este su último viaje, Angela Merkel, George W. Bush, Gordon Brown y todos los demás.

Es necesario que el presidente Nicolas Sarkozy interrumpa sus vacaciones, para ir a decir, en el corazón de este horno, en el que una religión que se ha vuelto loca alimenta cada vez más a menudo el crimen, que la esperanza del mundo no está tanto en la fe, como declaró tan imprudentemente hace unos días, sino en la democracia y en el derecho.

Es necesario que, tras los restos mortales de esta gran dama, como antaño detrás de los de Anuar al Sadat o de Isaac Rabin, desfilen el mayor número posible de jefes de Gobierno y de Estado, convirtiendo esta celebración fúnebre en una manifestación silenciosa y mundial a favor de los valores de la democracia y de la paz.

¿Que Benazir Bhutto no era ni jefe de Estado ni de Gobierno? Es cierto. Pero era más. Era un símbolo. Y es, ya, un estandarte. Detrás de su nombre se van a colocar, de ahora en adelante, todos los que no hicieron el duelo de la libertad en tierras del islam. Y desde ya mismo, detrás de su féretro, tienen que alinearse y recogerse todos los que todavía creen que, en el islam, terminará por imponerse el genio de las Luces sobre el del fanatismo y el crimen.

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