28/12/2007 - 10:52 h

Reconozco que cuando el jurado popular emitió su sentencia sobre el llamado Caso Campelo, no pude dejar de experimentar una corriente de simpatía hacia los hombres y mujeres que tomaron aquella histórica decisión, que en síntesis, era un mensaje como éste: ¿creéis vosotros, los que mandáis, los que tenéis poder, los que realmente tomáis aquí las decisiones, que vamos a cargar nosotros con la responsabilidad de condenar al último escalón de un sistema, para que todos os quedéis contentinos, mientras nosotros nos vamos para casa con la sensación de haber cometido la mayor de las injusticias?

La mayor de las injusticias es la justicia parcial, que se abate sobre un eslabón de la cadena, el más débil, el que se queda sólo ante el peligro, cuando los verdaderos responsables de una gamberrada como la que se organizó en Langreo con la gran superficie que se pretendía instalar en los terrenos de Duro Felguera en Sama, se las apañaron para irse de rositas, dejándole a Laudelino Campelo todo el marrón, para que se lo comiese él solo, después de haber organizado una de las más espectaculares comedias de enredo de nuestra historia reciente.

La ciudadanía conoce perfectamente lo que ocurre en Asturias, pero su margen de maniobra es prácticamente nulo, porque nuestra democracia está tocada muy seriamente, por un problema de difícil solución, como es la inexistencia de medios de comunicación libres, independientes de las grandes sumas que el Gobierno destina a convencernos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Los partidos políticos están cerrados, bloqueados, y su organización es antidemocrática, puesto que a su tradicional endogamia, unen la capacidad para echar de su seno, impunemente, a los discrepantes, por el mero hecho de discrepar.

La expulsión en masa de la organización de Oviedo de Izquierda Unida, cuyo abogado sostuvo en sede judicial que la democracia interna y la libertad de expresión de los partidos políticos, está suspendida porque ellos así lo han decidido, contraviniendo los fundamentos de la Constitución, fue bendecida por una sentencia, que después se ha visto contradicha por la Audiencia, en un caso diferente, el de Susana Pérez-Alonso, que consiguió que la magistratura asturiana recordase a nuestros gobernantes, que si en los partidos no hay democracia, nuestro sistema de opinión pública se derrumba, porque precisamente los partidos son el cauce en el que ésta se forma, como mecanismo de participación en las decisiones.

Y en Asturias, el sistema de opinión pública está derrumbado. No existe tal cosa. No hay líderes de opinión que se manifiesten. No hay intelectuales que firmen manifiestos, salvo los que se publican para impulsar negocios, como el que en su día lanzaron los miembros de la Plataforma por un Hospital Necesario, para hacer posible el "pelotazo del HUCA". No hay Universidad. No hay columnistas de opinión. No hay nada. Estamos en un auténtico desierto moral. Las subenciones han acabado con nosotros, con nuestro inconformismo. Somos conformistas, estamos adocenanos e integrados en un sistema extraordinariamente corrupto.

La sentencia del Caso Campelo no tuvo ningún efecto en la sociedad asturiana. A Campelo, sus amigos le dieron un homenaje en el Restaurante Las Nieves de La Felguera, y los que quisieron tapar sus propias responsabilidades, clavando su cabeza en una pica, experimentaron un leve contratiempo. Campelo se calló. Susana Pérez-Alonso, expulsada del Partido Socialista por opinar, no se calla, pero da igual lo que diga. Aunque los jueces hayan dejado establecido en su sentencia, que sin democracia dentro de los partidos no hay democracia tampoco en la sociedad, los expulsados de IU siguen expulsados y los expulsados del PSOE también.

Más silencio.

Es lo mismo que ocurre con el caso La Camocha, que se cierra el Día de los Inocentes del año 2007, a punto de concluir. La prensa informa de la liquidación de la sociedad, a cargo del Consejo de Administración, que toma la decisión de hacer desaparecer una empresa que desaparece del mapa, dejando a la hacienda pública el mismo pufo que tenía cuando la explotación se segregó de la Minero Siderúrgica de Ponferrada, en una de las operaciones más tortuosas de nuestra historia reciente.

En 1991 la Minero se quitaba de encima las deudas con hacienda dejándoselas a La Camocha, Victorino Alonso se quedaba con la Minero, y Cajastur y Cajaespaña se merendaban también sus deudas, gracias a la oportuna condonación firmada por Vicente Álvarez Areces, entonces presidente en funciones de la caja asturiana, y por Ángel Villalba, a la sazón presidente de la caja leonesa, y hoy secretario general de los socialistas castellano-leoneses.

La Camocha arrastró tranquilamente su deuda con la administración a lo largo de quince años, mientras se dedicaba a beneficiar tranquilamente la mina de El Musel y explotaciones a cielo abierto como la de Quirós, que dejó una profunda huella abierta en el paisaje del hoy Parque Natural de las Ubiñas, vendiendo el carbón de las minas marítimas y paisajísticas, como si hubiera sido extraido de las entrañas de la tierra, a precio de carbón de interior. El fraude del carbón y de la dinamita se convirtieron en norma, y mientras se quemaba en las térmicas el mineral del engaño, Hacienda no cobraba, el monte se arrasaba, los barcos llegaban a la vista de todo el mundo y en Hunosa se incineraban cifras de vértigo de los presupuestos generales.

¿Dónde están las inmensas fortunas que se amasaron durante todos estos años? ¿Qué dijo a todo esto la voz de la conciencia sindical de la minería asturiana? ¿Qué fue de los otrora enérgicos mineros que aún hoy en día siguen viviendo, en sus organizaciones sindicales, del culto a los mitos de 1934, los titanes que surgieron de las entrañas de la tierra para tomar el cielo por asalto y toda esa retórica seudorrevolucionaria, de la que tanto nos gusta presumir, entre culín y culín, mientras Asturias se hunde en un abismo de corrupción?

A la vista está. El Gobierno de Asturias está concluyendo su plan industrial, consistente en liquidar todo el empleo que tradicionalmente vivió de la minería, para construir una peligrosísima regasificadora en Gijón, conectarle una red de calentadores automáticos para generar energía y mucha, muchísima contaminación, calentar la atmósfera al máximo, generalizar las enfermedades relacionadas con la polución, destruir el paisaje a base de gasoductos y gigantescas líneas de alta tensión, coger el resultado de todo el dinero malversado de las ayudas públicas, el fraude y los fondos europeos, y salir corriendo hacia los paraísos fiscales, dejándonos aquí el desastre paisajístico, económico y social, fabricado por esta generación de mangantes que ha tomado el poder, y que además se burlan de la democracia y de las instituciones, pues nada de todo este atroz final de la tragicomedia de Asturias, ha sido jamás consultado con una ciudadanía, que calla y otorga, inconsciente -esta inconsciencia es muy relativa, tiene mucho de ¡carpe diem!- de las consecuencias que todo esto está teniendo y tendrá, para nuestros hijos, que como nuestros abuelos, sólo tienen una solución: largarse de lo que fue un paraíso que dejamos convertido en un infierno.

Enlaces para el recuerdo, sobre el final de La Camocha

Este Editorial se publica también en El Blog de Juan Vega

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