Mientras los encuentros y desencuentros de la clase política copan los titulares de la prensa y la opinión pública se dispersa como es habitual en estas fechas, algo importante está teniendo lugar muy cerca de nosotros que no debiera pasar desapercibido. Me refiero a las actividades que han congregado en la última semana a un buen número de asturianos desperdigados por el mundo entero con el fin de reflexionar sobre Asturias y la relación que éstos mantienen con ella. A lo largo de varias jornadas se han empleado en explicar cómo nos ven desde fuera y han expuesto cuál puede ser su aportación al futuro común, además de proclamar de nuevo su compromiso incondicional con Asturias.
¿Quiénes son estos asturianos? Jóvenes de alta cualificación en su mayoría, con una nada despreciable experiencia profesional en los sectores más dinámicos de la economía mundial, que se sienten muy vinculados a sus orígenes y dispuestos a revertir en Asturias su aprendizaje de la sociedad global. A pesar de los kilómetros de distancia, quieren seguir siendo parte de Asturias y tienen ideas que desean compartir sobre cómo debe reaccionar Asturias ante el proceso de globalización que vivimos.
No son emigrantes clásicos. Ni su formación, ni su peripecia vital ni su manera de concebir la asturianía son las mismas. En muchos casos, ni siquiera coincide el motivo que les llevó fuera de Asturias. Es lógico, pues ni Asturias ni el mundo son tampoco los del siglo pasado. Más que una emigración en el sentido histórico del término, el suyo es un ejemplo de la movilidad laboral característica de los tiempos actuales.
Cuando la salida de estos jóvenes alcanzó las dimensiones de un fenómeno social, lo que sucedió a finales de la pasada década, en Asturias se suscitó un debate público desenfocado y un tanto estéril. Empezó por discutirse sobre la evidencia del hecho en sí y luego se cargaron las tintas en torno a la dramática pérdida que su ausencia suponía para la región. Se decía que se trataba de una fuga de cerebros, que ponía de manifiesto la ineficiencia de la inversión pública en la enseñanza universitaria y que dejaba tras de sí familias tristemente separadas y un Gobierno fracasado en sus políticas de inserción laboral de los jóvenes mejor preparados. Había algo de verdad en todo ello, pero la realidad era más bien otra. La economía asturiana no tenía capacidad para dar trabajo a una población universitaria muy numerosa y una parte de ella debía optar entre subemplearse en Asturias o intentar una carrera profesional exitosa lejos de aquí.
Más aún, la sociedad asturiana no ha sido capaz de percibir el beneficio que podría obtener de la experiencia que estos jóvenes atesoran años después de iniciar su aventura lejos de nosotros. Ellos, sin embargo, no han dejado de pensar en Asturias. Lo han demostrado de mil maneras desde las ciudades donde se han instalado y en estos días han vuelto a dar prueba de ello al reunirse aquí, en suelo de su patria querida.
Asturias dispone por primera vez de una política para los asturianos en el exterior. Es un hecho que merece ser resaltado. Dos planes cuatrienales han sido ya ejecutados. Pero su alcance se limita a retribuir emocional y simbólicamente a la emigración clásica, que cesó en los años 70, y a prestar ayuda a los menos afortunados de los que tuvieron que irse entonces. No es éste un logro menor, pero si nos proponemos integrar en la vida social de Asturias a los hijos de asturianos nacidos ya en los lugares de destino, definidos certeramente por Isolina Cueli como «emigrantes que no emigraron», y a los llamados «nuevos emigrantes» a los que vengo aludiendo, debemos encontrar un espacio público donde conversar. Podríamos empezar por ver en la posición que ocupan en el centro de la sociedad global una fuente de recursos y posibilidades. Incluso ellos mismos nos lo han sugerido. Manuel Llaneza, vicepresidente de la Colectividad Asturiana en Chile, hijo de langreano, de 40 años, lo dejaba claro a este periódico: «Nosotros estaríamos encantados de ayudar a la empresa asturiana (É) Pero nadie nos pregunta (É) Lamentablemente el enfoque que se nos da es otro, el que se queda en el baile regional y la gaita (É) No queremos quedarnos en la figura entrañable de la emigración». En los últimos congresos de asturianía y en numerosas entrevistas que mantuve con ellos he tenido la ocasión de confirmar hasta qué punto estas palabras reflejan el sentir de los descendientes de los emigrantes clásicos y de los universitarios asturianos que han decidido buscar nuevos horizontes más recientemente.
Atrás queda la etapa en que el desarrollo de nuestra región estuvo basado en una economía protegida. Ahora Asturias debe elegir entre abrirse al mundo o cerrarse sobre sí misma. Nadie como estos jóvenes conoce las ventajas de lo primero y los inconvenientes de lo segundo. Por eso nos interesa tanto prestar atención a sus cavilaciones sobre el futuro de Asturias. Algunas iniciativas aisladas van en la buena dirección, pero, vista la receptividad de la sociedad asturiana y de su clase política al respecto de este asunto, convendrá insistir. Asturias tiene en estos jóvenes un tesoro en forma de capital social. Me pregunto si hemos caído en la cuenta. Porque ¿cómo explicar que su perspectiva no forme parte aún del debate público sobre nuestro futuro? Si Asturias necesita hacerse visible y conquistar mercados allí donde estos jóvenes viven y trabajan, ¿no deberíamos contar más con ellos?
Óscar R. Buznego es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Oviedo.

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