CANELA FINA

Durante dos horas de monólogo acojonante, Angélica Liddell trepida sobre las tablas del teatro Nieva, se enfurece, se apacigua, grita, gime, se embravece, se orgasma, se entristece, transpira ceniza habitada por los sollozos, agrede a diestro y a siniestro, vocifera, tiembla, huronea entre las expresiones estevadas, se hace tierna, se enciende procaz, se le sube la sangre a las terrazas, clava, en fin, sus uñas como rayos láser sobre el espectador. Asombroso. Al terminar, el público, desgarrado por la profunda emoción, se rompe las manos en una ovación interminable que resbala sobre la gran actriz, autora a la vez del texto, El año de Ricardo, directora de la pieza, creadora del bellísimo espacio escénico de vanguardia.

Angélica Liddell denuncia los abusos de los líderes «ilegítimos», no elegidos democráticamente, como Stalin, Lenin, Franco o Pinochet. Pero también los que cometen los «legítimos», los elegidos democráticamente. Con dos tacones, derrama sobre el escenario del teatro Nieva una crítica acerba de los fallos de la democracia pluralista. Desde su feroz independencia, desde una soledad atroz, Angélica Liddell regresa a la Comedia del Arte para denunciar a los poderosos, a todos los poderosos. Es a la vez, en versión canalla, Arlequín, Pantalone, Pulcinella y Colombina. Las raíces teatrales de la autora van, pues, mucho más allá de Artaud, de Beckett y Brecht. Montada a horcajadas sobre la oquedad del teatro del absurdo, heñida de furores genitales, lejano el fornicio y el babear de los críticos, Angélica Liddell es el teatro, el teatro puro.

No conozco a la actriz. Me da miedo conocerla y abrasarme. Pero advirtiendo todos los defectos que tiene, que no son pocos, me rindo ante la calidad intelectual del teatro que ha puesto en pie a partir de 1990. Desde El jardín de las mandrágoras a Perro muerto en tintorería: los fuertes, el teatro de Angélica Liddell es un fulgor que desenmascara «toda la monstruosidad que hay en la aparente sociedad de bienestar». Para la autora, el hombre es un tóxico devastador. En su papel de Ricardo, en su monólogo feroz, representa la idea medieval del mal. El personaje que ha creado es un monstruo, cuya fealdad «es la respuesta terminal a un mundo donde el arte, la historia y la ideología han muerto», porque incluso en las doradas democracias occidentales vivimos bajo «el imperio de la abyección moral».

Angélica Liddell prefiere la verdad a los tópicos. Su teatro es delicado y profundo, agresivo y provocador, auténtico y melancólico. Si supiera cómo hacerlo, Angélica se suicidaría ante el público para dar testimonio del albañal en el que vivimos. Estamos, en fin, ante un prodigio de la nueva escena. Por las venas de Angélica Liddell corre la sangre auténtica del teatro con vocación de hemorragia sobre el hombre deshabitado, sobre la mujer yacente y oprimida.

Angélica Liddell es luna de hiel, roca oracional, hielo abrasador, fuego helado, rubus ardens, zarza ardiente, atra bilis. Desaforada y descomunal, bracea contra la inundación del estiércol. Sobre sus ojeras tempestuosas la mirada se le hace espesa y limosa mientras su cintura silvana se cimbrea altiva entre el ulular de la palabra pedernal.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

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