EL REVES DE LA TRAMA
La forma, entre despectiva y burlesca, en que algunos portavoces socialistas han respondido al propósito de Mariano Rajoy de limitar a dos mandatos su estancia en La Moncloa si gana las elecciones me ha parecido una metáfora de la legislatura que hemos vivido, por no decir padecido, los ciudadanos.
Ha sido una legislatura bronca, y nada mejor que las palabras del Rey en la Nochebuena para calibrar la dimensión que ha alcanzado su estrépito político. Don Juan Carlos creyó necesario apelar al sentido integrador de la Constitución, a la solidaridad que nos ha permitido alcanzar tantos objetivos desde la Transición, al consenso entre los partidos, a la cultura de la unidad. Nunca han sido tan necesarias esas palabras de quien encarna el poder moderador que preside nuestra democracia.
Pero la gresca tiene sus causas y yo creo que es preciso identificarlas porque las generalizaciones son injustas y acaban no significando nada. Decir que ya basta de peleas de los partidos está muy bien en palabras del Monarca, que no puede ni debe descender al origen del problema, pero está muy mal en palabras de los observadores, que sí deben analizar las causas e identificar los móviles. Hagamos ese ejercicio necesario.
Yo no voy a exonerar al Partido Popular, porque algunas peleas pudo haberlas enfocado o librado mejor, pero él no es el principal responsable del enfrentamiento vivido sino, en cierto modo, una de sus víctimas, y lo fue en dos ocasiones memorables que crearon el fomento de lo que se ha llamado crispación, término a veces muy injustamente aplicado.
Fue víctima del agrio clima de refriega que se creó en la víspera de las elecciones de 2004, un día de reflexión electoral lleno de anomalías en el que muchas de sus sedes fueron cercadas por manifestaciones ilegales que el Partido Socialista no desautorizó y en las que se le hacía, indirectamente pero muchas veces a las claras, responsable del brutal atentado del día 11. Aquel día de reflexión profanado fue una de las peores jornadas de nuestra democracia, que si no salió de ahí gravemente herida fue por el esfuerzo puesto para evitarlo no precisamente por los manifestantes arbitrarios ni por sus patrocinadores.
La segunda ocasión fue cuando los responsables socialistas concitaron a los demás grupos a un pacto de exclusión del PP, una de las peores maniobras que en política pueden perpetrarse, tan infame que no responde a las reglas de la gestión democrática.
Ese pacto, aireado por un actor amigo del poder como cordón sanitario, atentó contra nuestro sistema, que tuvo que ver cómo el partido en el poder y sus aliados buscaban maniatar mediante la reprobación pública a la única oposición democrática actuante.
La oposición, que es una institución esencial de la democracia, era tratada como indeseable con la esperanza de que claudicara, después de que el poder rompiera los consensos existentes. Las quejas repetidas sobre su acción tenían el objetivo de limar y hasta de impedir sus críticas, como si no estuviera en el sueldo de la oposición precisamente oponerse mediante la crítica constante.
El PP logró sobreponerse a una derrota inesperada, tras un vuelco espectacular de los votos en dos días que podría haberle destrozado por dentro, y resistir a los embates organizados para acabar con él. Hay que felicitarse por ello, porque ¿qué habría sido de nuestro sistema con una oposición hundida y callada? Ha sido ésta una legislatura verdaderamente insólita, con riesgos para el sistema. Lo que hay que desear fervientemente es que en la próxima retornen los usos democráticos en toda su extensión.
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