LA MIRADA AJENA
Tengo un amigo que se ha inventado un ritual maravilloso para salir de compras por su barrio de El Born (entre canalla fina y chic). Lo normal, compra pan, algún capricho y vituallas de última hora, y de la mano de su hija (3 años, Matilda) hace un pasaje por Santa María del Mar. Entran en la basílica, la recorren pasito a pasito y salen por otra puerta, seguro que en silencio admirativo o hablándole el padre bajito para sofocar sus exclamaciones de inocencia. No hace falta conocer la Historia, ni siquiera haber leído bestsellers de moda, para sentir y disfrutar la espiritualidad del lugar.
Almorzando un día con éste y otros amigos confesé sin rubor que nunca había visitado la catedral del mar. La mesa estalló en asombro, incrédulos «oooooooooh». Son cosas que tiene (des)conocer las ciudades en viajes de trabajo, que pasas por lugares sagrados como elefante en ya saben. No corrí ese mismo día a reparar mi ignorancia sobre el acervo cultural de Cataluña, tampoco al día siguiente. Busqué la ocasión más sublime como acto expiatorio: ir al templo a escuchar la anunciación, pasión, muerte y resurrección del Mesías, según Händel. Un concierto para el gran público que, parece, ha devenido en un clásico de la Navidad barcelonesa.
Santa María del Mar en la noche es una catedral desnuda, impúdica; sus manchas son como pecados o penas de un alma impura. Ignoro por qué no la limpian, aunque su suciedad ofenda las buenas conciencias, pero creo que comprendo el porqué. Esas piedras negras, amarillentas incluso como meados al cielo, me parecieron señales del tiempo pasado y de la trascendencia espiritual que sin condición buscan las artes, como en espera de algo. «La trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles», aria del bajo; dialoga la orquesta, rubrica después un coro de delicia.
Bajo sus bóvedas, entre sus muros infinitos a la vista, la música adquiere no sólo la acústica perfecta, también del suelo la emoción asciende transida de un frío monacal, que duele y doliendo cura.Siempre pregunto por qué los médicos del alma desperdician el poder curativo de la música, última emoción que un cerebro enfermo pierde.
Prometo visitar pronto Santa María del Mar a la claridad del día, para admirarla en su plenitud, a la luz filtrada a través de sus magnificientes vidrieras (sospecho): un enigma que me guardo para disfrutarlo un rato más. Amén.
Post scriptum: tres días más tarde, y porque la casualidad no existe, la familia Savall-Figueras me invitó en la misma Santa María al impagable concierto que Hespèrion XXI y la Capella Reial ofrecían sobre partitura de Avo Pärt, Da Pacem: el caos urbano (huelga de autobuses, lluvia sobre una ciudad superpoblada, histeria consumista pre Nadal) me infundió tal pánico, me hubiera robado tantas horas de deberes, que no pude asistir. La otra cara de la trascendencia es el coñazo cotidiano de vivir en una megaurbe.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados