El jueves pasado coincidían en La Vanguardia un artículo de Francesc de Carreras sobre Juliette Gréco y otro de Óscar Caballero sobre Françoise Sagan, mientras unos días antes Justo Barranco hablaba de Coco Chanel. Las tres están de actualidad, aunque en dos de los casos sea póstuma: Gréco dio un recital en el Palau; de Chanel ha salido una biografía (de E. Charles-Roux, ed. Herce) y se preparan dos películas, que protagonizarán Audrey Tatou, Marina Hands; en cuanto a la autora de Buenos días, tristeza,acaba de publicarse en Francia el testimonio de una periodista que fue amante suya y de su novio (Annick Geille: Un amour de Sagan,ed. Pauvert). Y una, ante esas tres mujeres, se interroga sobre qué tienen en común, y por qué esas biografías tan particulares se dan precisamente en Francia.
El primer conato de respuesta a esa pregunta, que a mí siempre me ha intrigado, me lo dio hace muchos años mi profesora de literatura española en el bachillerato, cuando observaba con satisfacción - era soltera y católica- que ya en el siglo XVI se notaba el contraste entre la literatura patria y la francesa: la nuestra era mucho más casta. Y con razón (aunque esto, la seño se abstenía de explicarlo): como que aquí la Inquisición campaba por sus fueros.
En Francia, en cambio, lo que reinaba no era la Iglesia, sino la Corte, con monarcas como Enrique IV, que había sido protestante, o Luis XIV, cuyas amantes, de lo más oficiales, protegían las artes y las letras. Así se creó eso que con el tiempo se llamaría el demi-monde: un ámbito de manga ancha donde convivían señoritos, modistillas, actrices, escritores de tres o cuatro sexos, cantantes y cortesanas. Un caldo de cultivo donde al calor de una libertad que empieza siendo religiosa pero abarca el pensamiento y la sexualidad - no en vano libertino significa en un primer momento "descreído"- pueden dar rienda suelta a su creatividad mujeres que en otras latitudes estarían encerradas en casa o en el convento (o en el manicomio). Eso es lo que tienen en común Chanel, Gréco, Sagan: pertenecen a la vez a la intelectualidad y a la farándula, usan la cabeza sin tener que renunciar al cuerpo - o viceversa-, y lo mismo se aplica a muchas otras, desde George Sand a Colette y Beauvoir pasando por Renée Vivien, Gertrude Stein (parisina de adopción), Edith Piaf o Catherine Millet, respetada crítica de arte y autora de una sonada autobiografía erótica. Y es que la libertad tiene mucho en común con el libertinaje. Cuánta razón tenía Franco.
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