El ojo del tigre
Recientemente, la diplomacia española se ha destapado como si fuera una formidable productora de grandes espectáculos públicos. Primero, fue la coproducción hispanovenezolana de un culebrón televisivo representado, con visos de apoteosis internacional en la reciente cumbre de los países iberoamericanos celebrada en Santiago de Chile. Se recordarán durante mucho tiempo las interpretaciones estelares protagonizadas, en primer lugar, por el Rey de España Juan Carlos I -en un extraordinario papel de extra regio con frase: " por qué no te callas?"- ; el presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero -genial intérprete en el papel de un experto en capitalismo neoliberal-, y el presidente de la República de Venezuela, Hugo Chávez, quien, en un derroche de facultades, interpretó el papel del malo en el culebrón: un impetuoso líder bolivariano de una revolución inconclusa.
Aquel culebrón -con destellos de auto sacramental hispano- desató, por una parte, los elogios para los actores españoles, y, por la otra, agudos matices críticos (negativos) sobre la enorme capacidad que demostró el actor venezolano para encarnar, con todas las de la ley, una moderna versión del clásico Tirano Banderas. Moderna y fascinante.
Pocas semanas después de ese éxito arrollador de la citada coproducción hispanovenezolana, la diplomacia española vuelve a acaparar la atención internacional. En esta ocasión, por su también magistral y formidable participación en la gira que el Circo Libio acaba de realizar por la Europa atlántica: empezó en Portugal, siguió en Francia y concluyó en España. O sea, en Al Andalus.
En esta maravillosa turné, los atlantistas de los privilegiados países, que ha tenido la oportunidad de disfrutar del interactivo espectáculo del Circo Libio, pudieron gozar con la actuación de su actor principal -Muamar el Gadafi- en su papel de dictador de aquel país norafricano y mediterráneo -ahí está el detalle-, que interpreta, con un realismo fascinante y superlativo, desde el año 1969; cuando se cargó al régimen monárquico del rey Idris, el cual, a su vez, había asumido la responsabilidad de encarnar el poder en Libia después de que los italianos perdieran su colonia afromediterránea.
Pero el número fuerte del espectáculo circense libio es el que se representa entre bastidores: el seductor negocio de sus combustibles naturales. Petróleo y gas. En España, quien mejor conoce este número probablemente sea la petrolera Repsol YPF.
Cuando acabe este año, se dice que la multinacional española tendrá en Libia una veintena de nuevos pozos.
No sólo Repsol YPF conoce el argumento de ese espectacular número libio; también otras empresas españolas intervienen entre la tramoya del escenario: por ejemplo, Sacyr, que se dispone a actuar en la construcción de modernas infraestructuras asociándose con la iniciativa estatal de ese fabuloso país de las maravillas energéticas. Así, hasta quince empresas españolas más, a las que les va -y muy bien- la movida libia. Todas y cada una de ellas, con el algodón en sus manos para dejar inmaculada la imagen del Hermano Líder; es decir, limpia de fatales yerros pretéritos. El algodón nunca engaña.
El espectáculo que acaba de ofrecer el Circo Libio ya es parte principal del repertorio escénico de la diplomacia española para representar en numerosos escenarios, que van desde Iberoamérica hasta la región afromediterránea.
Detrás de cada una de esas llamativas escenificaciones protocolarias están los negocios del petróleo, del gas, de las infraestructuras y, por supuesto, los delicados beneficios de las finanzas bancarias- Donde haya un atractivo interés económico, siempre habrá unas excelentes coproducciones diplomáticas. El culebrón iberoamericano y el circo libio son la mejor prueba de ello.
Pero estos espectáculos no acaban de inventarlos en La Moncloa ni en Zarzuela. Hace muchos años que al Poder político estatal se le utiliza como si fuera una herramienta muy útil para garantizar buenos beneficios económicos para intereses privados. O semipúblicos. Todo empezó a partir de la segunda década del siglo XX; cuando las élites económicas de este país -como dice Manuel Tuñón de Lara en su obra Historia y realidad del poder. Madrid 1967- se convirtieron en poderosas e influyentes oligarquías presionando a los gobiernos del Estado español.
Imagínese usted como sería actualmente la política española con respecto a Cuba, si en la hermosa isla caribeña hubiera petróleo y gas. Pues, a lo mejor, hasta el admirado filósofo Aznar se iría de copas por las rúas de Santiago de Compostela acompañando a Fidel Castro, y confesándole al veterano dictador cubano que él también lee Gramma en la plácida intimidad de su despacho en la FAES.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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