El homenaje a un líder de la izquierda catalana

Una història optimista es el título del libro de memorias de Jordi Solé Tura. No es, a mi parecer, lo más acertado del libro, por otra parte excelente. Unos primeros capítulos maravillosos, los "años tristes" de la guerra civil y la larga posguerra de los 40 en Mollet, el trabajo de panadero, las dificultades de la cotidianidad. Pero también el fútbol, el afán por leer y escribir, la felicidad que proporcionaba el cine. Y comienza la aventura que hará que el joven panadero acabe de padre de la patria, uno de los autores decisivos de la Constitución y del Estatut, ministro, político e intelectual reconocido internacionalmente. Una historia bastante conocida. Pero hay otra, menos conocida y que nos permite conocer mejor a la persona, una historia que no siempre ha sido de color rosa, con momentos muy duros y muy injustos. Y sin un happy end garantizado.

A los 17 años decide estudiar y aprovechará el servicio militar para hacer el bachillerato, compaginándolo con el trabajo de panadero. A principios de los 50, inicia la carrera de Derecho, y obtiene el premio extraordinario. Ahora ya no es panadero, pero también tiene una doble vida, o triple: chico de pueblo en Mollet, profesor en la Universidad de Barcelona y militante clandestino del PSUC. Un centenar de páginas fantásticas.

LOS CAPÍTULOS que siguen están destinados a la clandestinidad y el exilio a partir de 1960, primero en París, después dos años en la Pirenaica, la radio del PCE que transmitía desde Bucarest, y retorno a París a finales de 1963 y víctima inocente de la dureza de la política clandestina. Es expulsado del partido al cual había dedicado 8 años decisivos de su vida cuando decide unos meses después volver a Catalunya. Los dirigentes del PCE y del PSUC, en plena batalla interna contra las ideas de Claudín y Semprún (ahora resulta difícil de entender, pues las posiciones eran mucho más cercanas de lo que entonces parecía) temen que Solé Tura apoye a los dirigentes condenados. Diez años después volverá al PSUC y sufrirá de nuevo la intransigencia, esta vez no de los dirigentes, convertidos en eurocomunistas (es decir, democráticos incluso en la vida interna), pero sí de los sectores llamados prosoviéticos. Hace pocos años Gregorio López Raimundo me comentaba el libro y me decía: "Me ha interesado mucho, y me ha sorprendido lo bien que nos deja a nosotros (la dirección del PSUC y del PCE), creo que demasiado bien".

Mientras tanto, Jordi sobrevive pasando cada día muchas horas traduciendo, especialmente para Edicions 62, y volviendo progresivamente a la Universidad. Es la Barcelona de los felices 60, del avance de la actividad democrática y catalanista, de la lucha obrera y universitaria, del renacimiento cultural, de la emergencia de una nueva sociedad, joven, desinhibida, con afán de libertad en todas las dimensiones de la vida personal y colectiva. La realidad confirma las ideas que expuso con mucha prudencia a la dirección del PSUC antes de ser expulsado, y ahora, cuando en la práctica el PSUC ha entendido la nueva situación y se convierte en la fuerza política principal de la oposición a la dictadura, él se halla fuera del partido. Y hay que decir que Solé Tura, a lo largo de su vida, ha tenido siempre una fuerte vocación de militante de partido, leal y disciplinado.

En aquellos años, se convierte en un referente del catalanismo de izquierdas y no siempre será entendido ni tratado con justicia. Su libro Catalanisme i revolució burgesa, que también es la tesis doctoral que le permitirá, con muchas dificultades y años de injustificada espera, la integración plena en la universidad, es atacado con una gran violencia verbal por parte de importantes sectores del catalanismo. No soportan un análisis riguroso que descubre el pluralismo y que critica, a través de la política de Prat de la Riba, la pretensión de los sectores políticos y culturales conservadores de considerarse los detentores del único catalanismo legítimo. Y otros, no necesariamente conservadores, participan en la operación por una visión idílica y esencialista del catalanismo.

Solé Tura serà después, a partir de 1968, un importante renovador del pensamiento y de la acción de la izquierda en Catalunya. Primero como uno de los líderes de Bandera Roja (BR) y después como uno de los constructores de la política eurocomunista. Estas experiencias han sido menospreciadas después en la medida que se consolidaba una democracia cada día menos innovadora, pero es imposible entender el proceso de avance democrático que se desarrolla de finales de los 60 a finales de los 70 sin tenerlas en cuenta. Jordi también fue atacado, como en otras ocasiones, por los que lógicamente deberían haberle apoyado. Dos ejemplos, anecdóticos pero sintomáticos. Y en este caso la crítica deviene violencia incomprensible.

EN PARÍS, cuando Jordi, junto con otros dirigentes de BR apenas había iniciado conversaciones con dirigentes del PCE para preparar el retorno al partido, fue agredido brutalmente (su espalda sufrió las consecuencias durante muchos años) y amenazado de muerte por un comando del FRAP (los marxistas-leninistas prochinos). Y unos años después, en los primeros 80, fueron militantes del PSUC contrarios al eurocomunismo los que agredieron a Solé Tura y a Teresa Eulàlia Calzada.

Una historia optimista. Quizá sí, el caso es que nos referimos a la decisión del protagonista de mantener la voluntad de acción integrado en colectivos y la libertad de pensamiento expresada siempre con la fuerza de la razón. Una historia difícil, con muchos momentos dramáticos que hacen todavía más meritoria una virtud que nunca nadie podrá negarle: la bondad.

En otra ocasión terminé un texto que me habían pedido sobre él con unos versos de Antonio Machado, como ahora: "Hay en mis venas gotas de sangre jacobina/ pero mi verso brota de manantial sereno/ y más que un hombre al uso que sabe su doctrina/soy, en el buen sentido de la palabra, bueno".

Jordi Borja. Profesor de la UOC.