El debate sobre el canon digital -más allá de su razón de ser- ha tenido una virtud. La opinión pública española ha podido visualizar la simbiosis que existe entre el mundo de la cultura y las entidades de gestión de derechos de autor, en particular la SGAE, cuyo factótum, Teddy Bautista, puede presumir de ver cómo artistas, creadores, escritores o dramaturgos comen de su mano sin pestañear.

El hecho de que el mundo de la cultura esté unido en torno al antiguo cantante de Los Canarios no es, en sí mismo, ni bueno ni malo. Cada colectivo elige a los líderes que a priori mejor le representan y aquí paz y después de gloria. Nada que objetar. Pero llama la atención la rara unanimidad que existe respecto a la figura de Teddy Bautista, de quien hay que decir en su favor que cogió una Sociedad General de Autores hecha unos zorros y la ha convertido en una de las primeras entidades de gestión del mundo.

Sin embargo, su empeño en mantener las señas de identidad de la SGAE como si el mundo se hubiera detenido tras la firma en 1886 de la Convención de Berna para la protección de las obras literarias y artísticas es un auténtico despropósito. Ir contra la historia suele acabar mal, y eso explica que, al mismo tiempo que los intelectuales y creadores españoles se unían en defensa del canon, la ciudadanía se rebelara contra un sinsentido que no resiste el más mínimo análisis. Y que da argumento para piratear sin miramiento o mala conciencia. Ya sabe que el que roba un ladrón.... Sin embargo, y he aquí la paradoja, el mundo de la cultura lo ha defendido a capa y espada como si su supervivencia dependiera de él. Craso error.

Es evidente que ser creador (en sus más variadas facetas) en un mundo como este no es fácil. Como es de sobra conocido, la cultura -fundamentalmente a partir de los años 60- se ha convertido en una mercancía de usar y tirar. De la cultura elitista se ha pasado a la cultura popular con el consiguiente arrinconamiento de los intelectuales, convertidos en una especie de curas laicos del poder. No se está criticando a quien obra en función de lo que les dicta su conciencia, sino a quien se sitúa intramuros del poder político, mediático o empresarial para poder lanzar sus soflamas. Sin hablar de esos mal llamados intelectuales que en los últimos años inundan las librerías con absurdas teorías basadas exclusivamente en decir justamente lo contrario a la ‘verdad oficial”, pero sin el más mínimo rigor teórico o científico. Y a quienes les une su fervor patriótico contra lo que despectivamente denominan ‘progresía’, con un desconocimiento de lo que se escribe que clama realmente al cielo.

Muchos de esos intelectuales y artistas que viven honradamente de su trabajo se han echado en brazos de Bautista sin darse cuenta de que buena parte de sus problemas como colectivo tiene que ver, precisamente, con la existencia de la SGAE en su actual diseño. La sociedad de autores no puede ser nunca un sindicato. Sin embargo, se han echado en brazos de ella sin darse cuenta de que, por razones objetivas, la troupe de Bautista no les puede representar, ya que únicamente es un lobby que busca únicamente su supervivencia. Por eso, lo que tienen que hacer los autores es alejarse de la SGAE y defender sus intereses ante sus empleadores, muchos de los cuales están en la propia sociedad de autores. No se olvide que el vocablo ‘E’ ya no significa España, sino Editores, por lo que son ellos quienes cercenan sus derechos.

Pues bien en lugar de cuestionar el modelo de remuneración de sus derechos, los artistas y creadores se dedican a reivindicar la existencia de un absurdo canon. Es como si los guionistas de Hollywood en lugar de ponerse en huelga contra los grandes estudios cinematográficos por lo poco que les pagan fueran al paro reclamando un canon abonado exclusivamente por los espectadores de sus películas.

La SGAE no debe desaparecer, pero debe cumplir su papel, que no es otro que el de gestionar los derechos de autor. Simplemente eso. Pero nunca debe convertirse en un banderín de enganche para ‘Los abajo firmantes…’, como solían encabezarse los escritos contra la Dictadura durante los años de la Transición Política.

Una expresión que nació hace más de un siglo tras el célebre ‘Yo acuso’ de Emilio Zola en relación al caso Dreyfus. Con aquel manifiesto, los intelectuales buscaban la verdad. Justo lo contrario de lo que quieren Teddy Bautista y los suyos.