A la salida de la exposición En transición, en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), eché una ojeada al libro de visitas colocado allí por los organizadores para que el público deje escritas sus impresiones. En una de las páginas, unos estudiantes habían aprovechado la ocasión para inmortalizar su particular porra futbolística del encuentro Barça-Madrid que se jugó ayer. Me pareció que la broma de esos jóvenes había respondido a la perfección, seguramente sin proponérselo, al mensaje equívoco, desfigurado y hueco que esta muestra oficial propone sobre nuestra historia reciente.
Producida por diversas administraciones públicas, la exposición En transición se propone -según sus autores- mostrar "el tránsito de la sociedad española de la dictadura a la democracia, y no tanto el final legal del franquismo circunscrito a los años de movilizaciones sociales, cambios institucionales y acuerdos entre elites políticas que tienen lugar entre 1976 y 1978". Se trata de un objetivo interesante y ambicioso. Como apuntan los responsables del CCCB, la tarea es cambiar la perspectiva más tópica para "sin negar el papel destacado que tuvo la política institucional, intentar dar relieve a algunas claves sociales, culturales e incluso morales de la transición". Tampoco se busca -a decir de un alto cargo del Govern- "un discurso convencional y cerrado sobre la transición, sino un proceso en movimiento y coral". Todas las buenas intenciones adornan este proyecto, pero su realización material y el concepto general que finalmente se transmite al espectador son decepcionantes. En vez de "estimular y garantizar la resignificación" que de la transición "quieran hacer las distintas generaciones que conviven en el presente", se genera el efecto contrario. Los más jóvenes no entienden nada de lo que se explica y los que vivieron aquel periodo ven, extrañados, como hechos y movimientos centrales son orillados mientras aspectos laterales cobran una relevancia exagerada, todo fundido en un puré confuso donde el flash meramente estético se impone a cualquier intento de explicación articulada.
En transición es una ocasión perdida para interrogarnos seriamente sobre los mitos fundacionales de la democracia. Esta muestra me recuerda la transformación de la famosa fotografía del Che en icono global sin relato, salvo el de la banalidad de cualquier producto o campaña publicitaria; la revolución de antaño se reduce a folklore cool, marcado por una descontextualización radical. El visitante de En transición acaba perdido dentro de unas escenas de revival muy cool, lo cual ayuda a olvidar que no están bien conectadas entre sí y que carecen de argumento. Asimismo, la selección de universos retratados es muy discutible. Si se pretende mostrar que el franquismo empezó a morir en la calle mucho antes de la muerte de Franco, no se comprende que se dé tanto espacio a la psiquiatría y, en cambio, no se hable a fondo de los movimientos vecinales (que se citan sólo de pasada), la Iglesia de base que daba cobertura a la oposición, las revueltas estudiantiles, las secciones locales de la Assemblea de Catalunya (¡no todo pasaba en Barcelona!), el activismo sociocultural que creaba tantas sinergias, o el impacto del turismo en el cambio de valores sociales.
Por otro lado, las referencias al importante movimiento obrero en el espacio La huelga son muy pobres, y el apartado sobre la renovación escolar se despacha superficialmente. El espacio dedicado a la comisaría y las torturas es lo mejor y más novedoso de la muestra, pero su discurso de denuncia se queda a medio camino (tal vez nadie quería acabar topando con el GAL) y, además, su fuerza se diluye dentro de un todo blando y deslavazado. Se habla del rock pero se olvida, por ejemplo, el gran impacto social de la droga, así como la irrupción de una nueva delincuencia juvenil, con sus mitos incluso llevados al cine.
El catalanismo no existe como tal en esta exposición, si dejamos de lado una canción de Raimon que suena en algún momento. Ahora, cuando algunos tratan de arrancar la supuesta "costra nacionalista" de los medios públicos, debe consignarse que En transición ha conseguido algo que parecía imposible a priori: explicar el cambio democrático eludiendo el sentimiento catalanista y sus derivadas ideológicas y políticas (lo que algunos llaman "factor identitario"). Jiménez Losantos, que ahora publica unas memorias sobre su juventud barcelonesa, estaría encantado con esta ucronía elevada a pedagogía oficial. El gran poder de las llamadas políticas de memoria es modular a conveniencia de la presencia/ausencia de los adversarios políticos.
¿Por qué lo han hecho así? Mi hipótesis es que En transición es una exposición resultante de las agudas tensiones que atraviesa hoy el mundo socialista español y catalán cuando se enfrenta a su papel en la historia reciente. No es casual que todas las instituciones que financian esta muestra estén en las mismas manos partidarias. Por un lado, los socialistas no pueden renegar de su papel protagonista como forjadores del pacto de la transición; pero, a la vez, parte de sus entornos culturales reclaman levantar la bandera de la memoria histórica junto a los poscomunistas. En Madrid, este reto se resolvió con una exposición canónica, ordenada y previsible, organizada por la Fundación Pablo Iglesias y titulada Tiempo de transición(1975-1982). En Barcelona, los socialistas se han salido por la tangente y han ido de modernos de pasarela, confundiendo la calle con lo anecdótico y lo marginal. Escapando de la política de los políticos para caer en la posmemoria, el cromo de colorines y el vacío.

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