EL RUIDO DE LA CALLE
El Camp Nou son cuatro Mecas inclinadas, un dragón de mil lenguas de fuego azul y grana, una olla inca con la cruz de Sant Jaume. Y todo estaba preparado para degollar al carnero merengue. Fueron a ser inmolados y atravesaron el desierto de los Monegros con la cabeza del dragón. Un día podré contar a los nietos que no tengo cómo hubo una sintonía entre el jogo bonito y la ferocidad castellana.
Había creído que los boixos nois, que en catalán significa los chicos locos, me apedrearían. Me equivoqué. Llegué empotrado en el batallón blanco, escondido entre los directivos, escoltado por una mossa d'esquadra de trenza de oro y otros mossos de boinas ladeadas, figurantes de una ópera italiana. Atravesé Sarrià y en el estadio no escuché ni un insulto. Cincuenta mil motos, un torrente de ascuas avanzaban hacia el coliseo y nos trataron con extremada gentileza.
Un día podré contar cómo sentí la brisa del mar de los héroes, de un mar que, como escribió Cervantes, es mucho más grande que las lagunas de Ruidera. Once hombres avezados en la guerra del fútbol escribieron una nueva leyenda después de una pelea atroz que vio el mundo entero. Que nadie diga que estos valientes fueron mercenarios, que se dejaron las rodillas en el césped porque iban a cobrar en caso de victoria 30.000 euros por barba. Nadie pelea así por el puto dinero, lucharon porque se sintieron los once herederos de una leyenda. No les alcanzó la venganza catalana porque se plantaron con dos cojones en el césped. Defendieron cada rodal como se defiende una empalizada, una amante. Fue un partido de cargas, sin piedad. Ramón Calderón me dijo: «Este Madrid ya ha recobrado el espíritu de sacrificio y de lucha que le hizo el más grande del mundo».
En las vísperas los agoreros decían que si Ronaldinho salía al campo, saldría como sale el león a la sabana después de estar enjaulado. Pero salió Carmen Miranda. Casillas voló como el alcor. Pepe fue una muralla. Y la Bestia dejó grogui al Camp Nou. Los once de la alegre noche mediterránea llena y áurea, neutralizaron esa venganza que guarda en su corazón Eto'o contra el Madrid y la ferocidad espartana de Puyol, que jamás abandonó el escudo. Los vi salir del hotel Melià por un pasillo humano de japoneses, negros y españoles. Miraban al vacío, sin dar bola a nadie, con el pinganillo escuchando música.
Nunca he visto algo como el Camp Nou. Brama como un seísmo. Montalbán contó que el Barça es el ejército desarmado simbólico de Cataluña. Pero yo que vi el partido al lado de Teresa Calderón, hermosa, con borlas goyescas, no vi la metáfora del Estado español en el Madrid ni que el Barça sea eso que dicen los zorrocotrocos que se sentaban en el palco del politburó de autoridades. Tiene razón Pujol cuando dice que el Barça se ha salvado de la catalanofobia que impera en España. Era sólo un partido, dos equipos con casi todas las razas del universo.
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