El azar y la suerte

Una tirada de dados jamás abolirá el azar ”, escribió Stéphane Mallarmé en uno de sus poemas más célebres, tenido por pieza inaugural de la poesía moderna.

Es discutible que el azar exista, salvo como convención del lenguaje. Un filósofo, también francés, Roger Garaudy , sostuvo hace más de medio siglo que lo que llamamos “azar” es tan sólo el modo en que se manifiesta la necesidad: el resultado de la tirada de dados viene determinado por la posición que ocupan los propios dados en nuestra mano o en el cubilete, por la manera y por la fuerza con que los lanzamos y por otros condicionantes, tales como su peso, su temperatura, etc. Que seamos incapaces de diseccionar todos los factores que intervienen en cada suceso, y todavía más de controlarlos o predecirlos, no quiere decir que ocurran porque sí.

Es una reflexión sugestiva, pero tirando a ociosa. Más a ras de suelo que Garaudy (ventajas que tiene ser bajito), mi filosofía personal me dicta que, para abolir el azar, lo más práctico es trucar los dados. Como decía Al Capone: cuatro reyes y un revólver ganan a cuatro ases.

El azar y la suerte van cada uno a su aire, y conviene no confundirlos. El azar es lo que hace que a alguien le toque la lotería. La suerte es lo que hace que sea para bien o para mal.

Ayer tocó la lotería a bastante gente, que seguro que estará encantada con sus millones.

Hasta ahí, el azar. A partir de ahora, la suerte.

Hace bastantes años, cayeron un montón de millones en el pueblo que está justo debajo de mi casa, en la costa alicantina. Hechas las cuentas, hay que decir que aquella fortuna fue de lo más desafortunada. Hubo gente que se peleó hasta extremos de agresión física (“Me habías prometido un décimo y al final no me lo diste”, etc.), amigos que dejaron de serlo para siempre, familias que se escindieron… No faltaron tampoco los que aprovecharon el dineral para comprarse coches potentísimos, con los que se estrellaron en cosa de nada, convirtiéndose a toda velocidad en venturosos vecinos del otro barrio.

La suerte no depende en exclusiva del azar. En muy buena medida, hay que trabajársela.

Pero luego, claro, también hay que tenerla.