TESTIGO IMPERTINENTE
Zapatero ofrece por estas fechas un ágape a los periodistas al grito de: «Que pasen y beban»
En el acto se habló del estreno de la última película de Pere Portabella
La felicitación de los Príncipes de Asturias podría titularse «Sinfonía en gris»
Agotado el cocteleo comercial de joyas y champán, sólo quedaba ZP. El presidente también se tomó la molestia de ofrecer un brindis para celebrar las fechas (oh, laica Navidad) con los medios de comunicación. Todos los años se repite el mismo ritual en los predios de Moncloa. Zapatero, imbuido de serenidad y talante, levanta su ceja circunfleja y ordena con acento ducal: «Que pasen y beban». Estas cosas no hay que decirlas dos veces, así que los periodistas pasamos y bebemos (a veces también comemos, pero los caterings de la Administración no quitan el hambre, sólo la acidez ideológica).
El presidente, al igual que la duquesa de Alba, es un imán para los periodistas. En cuanto hizo su entrada en el salón fue acaparado por los informadores más ávidos. Nativel Preciado contemplaba la escena dudando entre incorporarse al séquito o concentrar sus esfuerzos en los crepes de pollo al curry. Su vacilación apenas duró un suspiro: lo que tardó en pasar la bandeja de canapés.
Le hice notar a Nativel la presencia mayoritaria de mujeres junto al presidente. Dado que ZP no es Sarkozy ni Felipe González, tal extremo sólo tenía una lectura. Los periodistas jóvenes son profesionales dispuestos al martirio por la causa informativa. El resto (los que ya tenemos costra) permanecimos con el solomillo adosado a una columna y sólo hicimos el esfuerzo de despegarlo cuando la ocasión lo requirió (la bandeja de crepes).
La vicepresidenta logró sacarnos de nuestro ensimismamiento. María Teresa Fernández de la Vega desliza siempre sonrisas de complicidad y practica una conversación plural, salpimentada y cercana. Esta vez no vestía de rosa ni de malva. Iba de traje de faena, con la neutralidad cromática que eso supone. Afuera llovía insistentemente. No estaba el mediodía para colorines.
Entre los asistentes, bastantes clásicos de la información: Oneto, Jáuregui, Sánchez Sampedro. Y Pedro Altares, muleta en ristre (perdonen que no me levante, decía él, presa del humor negro). Un depositario de información privilegiada (Aizpiolea); dos Pepas Bueno (la jefa de comunicación de Cristina Narbona y la responsable de Los Desayunos de TVE 1). Una Teresa Campos, un Juan Ramón Lucas, una Lucía Méndez... Una Carmen Cafarell y ningún Moraleda. Del Pozo recibía palmadas en el hombro y Montserrat Domínguez parecía una actriz francesa.
Hablamos mucho de Carme Chacón, poco de ZP y lo justo de Rachida Dati, la vecina ministra de Justicia que se ha llevado una bronca por salir en una revista luciendo un traje de Dior. La sombra de la hoguera siempre acecha a las mujeres. Finalmente la conversación se centró en Carme Chacón, que pasará a la Historia por ser la primera ministra embarazada de la historia de España.
También se habló de cine. Acababa de presentarse en Madrid Die Stille Vor Bach, que quiere decir El silencio antes de Bach. Una mirada sobre Europa a través de la música. Su director, Pere Portabella, pudo haberle puesto el título en catalán, pero prefirió rizar el rizo y darle un toque más lírico. La película, sin embargo, es polífónica (entendida la polifonía como mezcla de voces en castellano, catalán, francés, inglés, alemán) y sin subtítulos. Entre el público, apellidos catalanes de referencia (Güell, Milá, Sentmenat: gente que en Madrid es contemplada con una mezcla de admiración y extrañeza) y mesetarios de amplio espectro: Federico Carvajal y Elena Boira, Nicolás Sartorius (Alvarez de las Asturias Bohórquez).
En la pantalla, figurantes de postín: Beatriz Ferrer Salat haciendo de domadora hípica y Carol Portabella, hija del director, haciendo de hija del director. Todos, catalanes y castellanos, salieron del cine atontolinados y borrachos de acordes. «Qué película tan distinta, tan especial», comentaron los más educados. «Aburrida», terció el borde de turno. Era lo mismo, pero dicho con menos rodeos.
Por unos momentos revivió la Barcelona de los 70, con la inteligentzia rojeras, los feudos de la cultureta, el glamour de la aristocracia decontracté y las películas de arte y ensayo. A Pere Portabella sólo se le olvidó un detalle: ofrecer un suquet de peix en la milla de oro.
Sinfonías navideñas
REAL FAMILIA. Una costumbre muy navideña es comentar las felicitaciones de los españoles renombrados. Se lleva la palma el christma de los Reyes, que año tras año es analizado con lupa para sacarle las faltas. Suele decirse que donde no llegan los modelos llega el photoshop. Pues sí. Los fotógrafos de la Casa Real han hecho curiosos montajes para cubrir ausencias, aunque no parece el caso de la felicitación de este año. En ella, los Reyes posan con sus nietos en plan dominguero. La figura del Rey rompe la simetría de la Reina y sus nietos, pero resulta arriesgado concluir que es un rey de «cortar y pegar». Eso sí: el Monarca muestra cierto apresuramiento. Seguramente se ha incorporado el último a la foto y ofrece un semblante como de estar con la cabeza en otro sitio.
Con la Reina hay discusiones. Todos coinciden al señalar que tiene muy buen aspecto, pero unos lo atribuyen al photoshop y otros, al botox (un tercer grupo, el de los pelotas incondicionales, lo atribuye a su poderío de Reina, lo cual es una lisonja estúpida). Los buenos observadores sostienen que la fiesta neoyorquina en la que Doña Sofía coincidió con Penélope Cruz marca el momento de máximo esplendor real. Sea cual sea el motivo, la Reina brilla.
La felicitación de los Príncipes de Asturias podría titularse Sinfonía en gris por el conjuntado atuendo de Doña Letizia y las Infantas (hasta Sofía, la pequeña de la familia, viste una rebeca gris: más a la moda, imposible). La Princesa tiene el gesto relajado y limpio, hermoso. Quizás debería enseñar un poco más las piernas (o los pies). Tal cual está, encogida y pudorosa, parece que lleva muñones. A Silvia Polakov no se le hubiera escapado el detalle.
© Mundinteractivos, S.A.

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