LA VENTANA INDISCRETA

La crisis de liquidez que mantiene en hibernación el sistema financiero mundial está alimentando el viejo debate sobre la dimensión, el tamaño, de bancos y cajas de ahorros. Ya saben, aquello de que las grandes entidades pueden obtener ahorros de costes y, esencial en los tiempos que corren, suelen estar más abrigadas para resistir el frío polar de las fases de crisis. Contra ese punto de vista se puede argumentar que la lista de damnificados de la actual sequía financiera está integrada casi en exclusiva por grandes bancos. Son estos quienes se han visto obligados a destapar pérdidas de vértigo.

Pero una cosa es aflorar números rojos, algo que la mayoría de los que han pasado por esa vergüenza estos días superarán en unos trimestres, y otra quedar fuera del mercado. Y esta puede ser precisamente una de las consecuencias de esta crisis. La dificultad de defender su lugar al sol para las entidades de menor tamaño en un contexto de difícil acceso al crédito y a los recursos de los clientes. Las nuevas circunstancias achican el espacio para las entidades más pequeñas.

Este debate general tiene su plasmación en Catalunya, pero en lugar de estar referido a la banca, reducida casi a un solo operador, Banc Sabadell, lo está a las cajas; a las nueve que no son La Caixa. Es el sistema catalán de cajas.

Pensando en que una situación así podría llegar, tanto en la administración catalana como en el sector, hace tiempo que se contemplan proyectos, el más avanzado de los cuales implicaría una megafusión entre esas nueve cajas, con la más grande, Caixa Catalunya, como aglutinadora. Es una opción con partidarios cualificados. Entre ese esquema y la situación actual son posibles diversas gradaciones de integración, comenzando por la ya conocida de las cajas de fundación pública, Tarragona y Girona, además de la de Catalunya.

Para el Govern es evidente que el atractivo de esa gran unión es que crearía un segundo polo en el sistema, que sería así más equilibrado, frente a la apabullante presencia de La Caixa.

Hay varias claves para que un proyecto así tenga posibilidades. La primera, la actitud de las propias entidades. Las fusiones no son nunca fáciles y en el caso de las cajas catalanas una rara avis.No es por casualidad que desde que La Caixa y Caixa Barcelona, allá por el año 1989, hicieran la suya no se ha producido ni una más. Y aun en ese único ejemplo, el detonante fue la difícil situación de la segunda y la compleja coyuntura político-fiscal por las primas únicas para la primera, no la apuesta estratégica por la operación. Eso vino después.

Sólo el cambio en la dinámica del mercado facilitará un proceso de concentración en las entidades catalanas. Esta es la primera condición y, tal vez ahora, la crisis financiera está conjurándola.

La segunda, es un diseño del proyecto que permita mantener algunas de las características más valiosas de las nueve cajas. Fundamentalmente, la aportación a la vida social y cultural de las zonas de influencia de cada una de ellas. Es lógico que nadie quiera apuntarse a hacer desaparecer una de las principales instituciones de la ciudad a la que además aporta recursos económicos vitales para mantener su dinamismo.

La tercera, pero en realidad la principal para empezar a hablar, es la neutralidad política de la operación. Cualquier cambio en el mapa de las cajas requiere un amplio acuerdo de las principales fuerzas políticas, especialmente del PSC y CiU. Ambas deben pensar que aceptando explorar esa vía no están entregando sus amigos o aliados al competidor político.

Por eso sorprendió en el sector y a algún miembro del Govern el nombramiento, hace casi tres años, de Narcís Serra, ex vicepresidente del Gobierno y ex primer secretario del PSC, como presidente de Caixa Catalunya. La propuesta partió de la entidad fundadora, la Diputación de Barcelona, en la que el PSC tiene mayoría. Desde entonces se pensó que los socialistas querían mantener el statu quo. Caixa Catalunya, por su dimensión, es la destinada a pilotar, según sus propios diseñadores, el proceso de concentración del sector y un político tan conspicuo en la presidencia no ayudaba demasiado. En el discreto perfil del sector, demasiado bombo no gusta.

Además de la suspicacia política, Serra, hombre de gran capacidad y prestigio, defiende un modelo de cajas activas en la industria, algo de lo que escapan las entidades. A la mayoría no les hacen gracia los proyectos que obligan a destinar recursos escasos a crear grupos con futuro incierto.