WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

En pocos días, la Unión Europea ha dado señales de querer salir del marasmo en que estaba desde el fracaso del proyecto de Constitución. Lo ha hecho evitando gesticulaciones grandilocuentes pero con la conciencia de facilitar el camino por donde asumir el papel que le corresponde en el ámbito internacional. Esta voluntad comunitaria se ha manifestado en unos pocos días de este fin del 2007. Cinco de ellos coincidiendo con la reunión del Consejo Europeo celebrado en Lisboa. El 9, la conferencia euro-africana; el 13, la firma del tratado de la Unión, que le quita toda posible y temida concomitancia con el que fue anterior malhadado texto de proyecto constitucional; el 14, la creación de un grupo de reflexión bajo la presidencia de Felipe González; y, el mismo día, la decisión de enviar a Kosovo una amplia misión con el espinoso encargo de encaminar su futuro respecto a Serbia. Pero ha habido más: la reunión de Sarkozy, Prodi y Rodríguez Zapatero en Roma, el 20. Y el envío a Myanmar (antigua Birmania) de una misión con el fin de buscar una solución pacífica a la crisis creada entre la oposición y los generales del duro régimen dictatorial. El efecto estimulante de estos acontecimientos se ve aumentado con la incorporación al acuerdo de Schengen de seis de los socios de la Europa oriental.

Se trata de actos o toma de decisiones de una UE casi asombrada de pronunciarse. En el caso de Kosovo implica responsabilizarse sobre algo tan arriesgado como establecer un veredicto respecto al principio de soberanía, que de manera delicadamente actual afecta a varios estados de la misma UE como España, Bélgica y, de otra manera, Chipre.

Otros hechos ocurridos responden a que le viene a la UE la ineludible tarea de cómo afrontar problemas de vecindad exterior. Uno de los que se imponen con mayor inmediatez es el de las relaciones con África cuando se acerca a su fin el largo ciclo poscolonial y, en consecuencia, Europa tiene que revisar desde la base duraderos hábitos que consagraban, por ejemplo, los lazos y dependencias arraigados de la francofonía o de la anglofonía.

El papel que le corresponda a la UE no se agotaba en las decisiones de Lisboa. El jueves 20, Sarkozy, Rodríguez Zapatero y Prodi se reunieron en Roma. Tema que tratar: el proyecto de crear un espacio euromediterráneo de acercamiento y colaboración. Mírese a la ribera oriental o meridional del mar común y resulta imposible pensar en la septentrional europea sin entender que su futuro se juega en el conjunto de la cuenca marítima, aunque desde Berlín o Estocolmo no se vea tan claro.

Se habla en varios de los casos citados de iniciativas debidas al activismo imparable de Sarkozy, algunas de ellas seguidas con asentimientos o reticencias más o menos explícitas que ya anticipan inevitables interpretaciones y usos parciales y no coincidentes de las posibilidades del tratado de Lisboa. Pero la prueba de fuego será la urgencia de afrontar los diversos frentes políticos y económicos respecto a los cuales la UE no podrá darse por no afectada. Y ahí es donde el texto bastante sobrio del tratado será orientado hacia una mayor unión de hecho o hacia la relajación comunitaria en un mundo que cada vez más exigirá tomas de posición.

Precisamente por esto, no es superfluo el trabajo que se le ha destinado en Lisboa al llamado grupo de reflexión presidido por Felipe González. Serán decisivas las respuestas que desde las instituciones de la UE y desde las de los países miembros se vayan dando a los envites sucesivos de una era de grandes transformaciones.

Pero ellas se prevén de tan amplio y hondo alcance que convierten en mucho más que un fácil recurso decorativo la existencia de un grupo de gente altamente experimentada, procedente de distintos campos, y dedicado a señalar las líneas maestras para el futuro de la UE más allá de la inmediatez de los plazos cortos.

Es la ingente tarea de establecer para el 2020 o el 2030 qué hacer frente a la globalización, el reto energético, la degradación del medio ambiente, la seguridad, el terrorismo y las grandes migraciones. Y, al mismo tiempo, dónde la UE habrá de considerar que tiene sus límites fronterizos.

Las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del año en que vamos a entrar abren la gran incógnita de hacia dónde orientará Estados Unidos su comportamiento exterior después de la tremenda conmoción del 11-S y de la prueba traumática de Iraq; Putin mueve las piezas del poder para regir el destino de una Rusia euroasiática, vecina a la vez de la UE en el oeste y de China y Japón en el Extremo Oriente donde todo indica que convergerán las fuerzas decisivas del futuro; en la América Latina de los Chávez, Morales y Ortega coincide la incertidumbre desgarrada de los nuevos socialismos indigenistas reivindicativos y populistas precisamente cuando el declive físico de Fidel Castro preanuncia emblemáticamente el de toda una era revolucionaria. Y el mundo musulmán se debate entre un islamismo radical agresivo y fórmulas mal adaptadas de instalarse en una modernidad incierta y desconcertante.

En este panorama con tantos espejismos como creíbles premoniciones, la UE ha de prever un lugar que le sea propio y a la vez adaptable. En los días terminales de este ya agónico diciembre del 2007, en Lisboa esta proyección universal hacia el futuro estaba presente. Posiblemente no lo parecía en las reuniones de 26 gobernantes de aire modesto de la UE. Menos si contamos al vigésimo séptimo, Gordon Brown, que acudió tarde a la firma del tratado por no comprometerse excesivamente como europeísta ni coincidir con el indigno Mugabe. Pero la solemne solera histórica del monasterio lisboeta de los Jerónimos aportaba una connotación de algo que debería ser memorable.