LA CLAVE
Galileo Galilei acaba de construir su primer telescopio. Corre el año 1609. Sube a la terraza de su casa, apunta a los objetos celestes por los que había estado intrigado desde su infancia, pone manos a la obra. Bastó un telescopio, con una lente de apenas 3 cm de diámetro, para hacer una serie de descubrimientos que abocarían en un cambio de paradigma, el fin de la concepción geocéntrica del universo. Casi 2.000 años de ciencia se tambalean por las observaciones realizadas con el primer telescopio que apunta al cielo. La Tierra vuelve a ocupar el lugar humilde y, a la vez, grandioso que le corresponde. Y esto gracias a las primeras observaciones de Galileo. ¿Cuáles eran estas observaciones? Galileo apuntó a la Luna, y observó sus montes y cráteres, apuntó a Venus y vio que Venus mostraba fases, como la Luna. Apuntó al Sol, y el Sol tenía manchas oscuras en su superficie. Apuntó a Júpiter y Saturno, descubrió los satélites del primero, hoy llamados galileanos, y vio los anillos de Saturno.
Para toda esta proeza Galileo tuvo que haber fabricado su telescopio, salir a algún lugar donde no hubiera techo encima, y apuntar a aquellos objetos del cielo que tan bien conocía. Hoy día no podríamos hacer esto desde la terraza de nuestra casa, o desde cualquier lugar cercano sin techo sobre nosotros. El techo no es el problema, la contaminación lumínica, sí. Y lo peor es que estas observaciones no solamente no son complicadas, sino que dichas observaciones se han podido hacer desde la terraza de casa hasta hace menos de cincuenta años.
El efecto fundamental de la polución o contaminación lumínica de las ciudades modernas es la pérdida de la visión del cielo nocturno. Hablamos de polución porque se trata de luz que no es útil para iluminar, luz sobrante, luz superflua. Es luz, por tanto, desperdiciada. Es luz que en lugar de iluminar nuestras calles y plazas, ilumina el cielo, desposeyéndonos de este modo del grandioso espectáculo del cielo nocturno, de la ventana a la eternidad.
Durante este último siglo gran parte de la población del mundo civilizado ha perdido la capacidad de ver el cielo nocturno, y con ello la capacidad de asombrarse por el universo. Este efecto pernicioso puede revertirse con un meditado y valiente uso de la iluminación artificial.
Apostemos por la oscuridad de la noche. Nos va la visión de la eternidad en ello.
J. M. RODRÍGUEZ ESPINOSA, director científico del Gran Telescopio Canarias.

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