TRANSBORDO, MONCLOA

Qué habrá sentido Zapatero la tarde del jueves? ¿Alivio, quizá, por ver aprobados los presupuestos? ¿Vértigo ante el desafío electoral que tiene encima? ¿Estará arrepentido por como gobernó el país? El alivio está justificado: ya no tiene que responder a más preguntas los miércoles; ya no le reprobarán ningún ministro más; ya no tiene que buscar aliados -comprarlos, dice la derecha- para salvar sus leyes. Pero el vértigo también: sus próximos combates con Rajoy serán en la televisión, y su talla será medida en las urnas. La alegría de la jornada venía de Catalunya: los catalanes no le pasan factura.

Si yo estuviera en su piel, lo más probable es que sintiera una intensa melancolía. Melancolía de gobernante, por ver cómo en esta legislatura se ha degradado la vida política. Zapatero comenzó su mandato con la grandeza histórica de resolver el problema territorial, esa utopía de políticos novatos. Anunció un cuarto de siglo de paz autonómica, ese ideal del estadista ingenuo. Después aceptó el reto de domesticar a la fiera terrorista, esa aspiración desmontada por una sentencia que dice que ETA no respeta ni las treguas. Paz territorial, paz de las armas… ¡qué hermosas ensoñaciones!

Aquella grandeza degeneró en un debate donde las estrellas han sido, están siendo, la propina y la dieta del conejo.

La busca de final dialogado del terrorismo desembocó en una sentencia de la Audiencia Nacional que convence a mucha sociedad de que policía y jueces son la única solución; pero con un añadido de reacciones: el Gobierno vasco no da respaldo a la sentencia, se erige en defensor de quienes la justicia llama "entrañas" y "corazón" de ETA, y acentúa el divorcio entre Euskadi y las instituciones españolas. Y, para rematar el cuadro, lo que en tiempos era saludable entendimiento con los nacionalismos se tradujo en vulgar mercadeo.

Esa imagen de que los escaños se compran y se venden, como si el Congreso fuese una lonja, dejó esta semana cuatro posos perniciosos: 1) La palabra pacto, devaluada, porque no se habla de acuerdos, sino de precios. 2) Un horizonte de sudoku, concepto Solbes, que anuncia dificultades permanentes para la gobernación. 3) Un deseo difuso de que alguien tenga mayoría absoluta para no tener que hacer política en la cuerda floja de la inestabilidad. Y 4) Una perspectiva poco halagüeña para el aspirante del PP, que hoy por hoy carece de apoyos para construir una mayoría en caso de victoria ajustada.

Esas cesiones, efectuadas para cubrir necesidades concretas y urgentes, no han conseguido ninguno de los fines a los que aspira el país: ni han ayudado a consolidar un bloque homogéneo de gobierno, ni han cooperado en la cohesión del Estado. El Gobierno tuvo aliados como ERC que resultaron provisionales, sin que CiU aparezca entusiasmada con la idea de blindar a Zapatero. Y la cohesión no avanzó porque Catalunya empezó a hablar de desapego y Euskadi utiliza la palabra independencia con desparpajo. Sí; si yo fuera el presidente, me sentiría melancólico. Como no lo soy, me quedo en un ramplón desengaño; un grado menos que el estado de decepción.

Sin eco

Supongo que están muy bien elegidas las fechas para los debates en televisión. Pero la del 3 de marzo suscita una duda: ¿se puede publicar el día 4 una encuesta de quién ha ganado? Según la ley, no: no se pueden publicar encuestas cinco días antes de las elecciones. Pero hay algo que debe aclarar la Junta Electoral: ¿se refieren sólo a la intención de voto o a cualquier sondeo? ¿Nos vamos a quedar sin saber quién ha sido el ganador?

¿Y ese señor?

No lo he visto, claro está; pero me lo han contado. Cuando Ruiz-Gallardón visitó Barcelona, le acompañó el presidente del PP catalán, Daniel Sirera. La cara del alcalde de Madrid resultaba familiar para los barceloneses que lo vieron. No está claro que ocurriese lo mismo con su vecino Sirera. Una señora preguntó: "¿Y el otro quién es, que me suena?" Alguien lo resolvió: "Debe ser el secretario de Gallardón".

Número 2

Y digo yo: ¿por qué ilustres personajes tendrán interés en ir de número 2 en la lista, después del líder? La historia no ayuda a pensar que les espere un gran futuro. ¿Quién se acuerda de los situados en ese supuesto lugar de privilegio? Rato lo fue, y ya no está en política. Mercedes Cabrera siguió a Zapatero, y sólo in extremis fue captada como ministra. Me abstengo de nombrar al más sonado, como número 2 de Felipe González: Baltasar Garzón.