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Qué sería de mis artículos sin mis amigas. Nada: palabrería pura. Ellas son la prueba irrefutable de que la inspiración existe. Tengo amigas de todas las clases y tamaños: modernas y menos modernas, plastas y menos plastas, sesudas y menos sesudas, vibrantes, anoréxicas, neuróticas, stupendas. Todas han recibido dosis de estopa a lo largo de los años, así que ahora unas están idas y otras están vueltas. Sus vidas son pues ejemplarizantes: a mí me sirven de ejemplo para escribir.
Ahora mismo acabo de colgarle el teléfono a una. La particularidad de esta amiga es que prepara la cena de Nochebuena un mes antes de tiempo (y cuando digo un mes, digo 20 días, pero no menos). Mira que yo defiendo la ultracongelación de alimentos como sostén de la emancipación femenina, pero nunca me lo he tomado con tanto entusiasmo como ella. Mi amiga pone la misma devoción en el nacimiento de Cristo que en la ternera asada (por cierto: qué plato tan antiguo y colegial, la ternera asada). La Navidad ensambla lo religioso con lo doméstico. Si hay que ir a Misa, se va. Y si hay que congelar los villancicos, se congelan. Ella también es siempre la primera en adornar la casa.
Cuando prescriben los crisantemos, se sube a los altillos y rescata nacimientos, angelitos, bolas y gorritos de Papá Noel, ese invento que ha quedado reducido a un accesorio para strippers. Doce días antes de Navidad, ella ya ha puesto la mesa con el mantel y las servilletas, los cubiertos, los platos, las copas de champán y hasta la jarra de agua sin agua.
Mi amiga tiene prontos madrugadores. Yo también tengo prontos, aunque los míos son tardíos. Hace dos días se me ocurrió poner el Belén. Al igual que la amiga, removí cajones y busqué en los altillos de los armarios y en las páginas de la memoria (hacía más de 20 años que no montaba el Belén). De la memoria extraje recuerdos vivísimos, pero en los altillos sólo aparecieron figuritas tullidas y restos del naufragio. El personaje más entero era el caganer, ese pastor que fecunda la tierra a una orilla del camino.
El paso del tiempo le ha dado a mi Belén un toque conmovedor. Las vicisitudes familiares dejan su impronta en todo lo que nos rodea y el Belén, bien mirado, parece un paisaje de regiones devastadas. Esta vez, sin embargo, me he preocupado de respetar las proporciones, evitando que las ovejitas coincidan con el castillo de Herodes (las primeras abultan más que el segundo). Nunca antes me había importado eso.
El sentido de la perspectiva se adquiere con los años, según nos vamos alejando de la infancia, donde todo tiene una dimensión única y feroz. La niña que fui ha saltado por los aires y no puedo recomponerla. Mi Belén ha vuelto al presente, pero sus perspectivas no respetan las reglas de la memoria. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, etcétera.

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