Lillo los tiene cuadrados, de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias
El pasado miércoles tuve el gozo de presentar el quinto volumen de una obra monumental sobre Oviedo. El autor, Juan de Lillo, es un viejo y querido amigo al que conocí allá por los primeros años ochenta (aunque yo era lector suyo de años antes); cuando él dirigía la desaparecida Hoja del Lunes, que era el órgano de la prensa ovetense, y me invitó a colaborar con el semanario a través de una sección de consultorio en la que yo contestaba cartas de lectores abrumados por algún problema psicológico, económico, social, sentimental o, simplemente, de carácter cotidiano y anecdótico. Aquellos lectores tenían en común algo que ya es difícil de encontrar en las cartas de los lectores al director del periódico: escribían en un estilo tal vez algo ampuloso y retórico, pero se expresaban en un castellano irreprochable.
Pues bien, Juan de Lillo acaba de culminar una obra, una inmensa crónica del Oviedo que fue, sin otras ayudas que el trabajo hemerográfico, riguroso y expresivo, y un puñado de obras sobre la ciudad, en el que figuran desde Fermín Canella hasta Evaristo Arce, entre memorias, recuerdos, autobiografías y trabajos académicos, que escudriñan las esquivas esquinas de la ciudad. Es esta una obra en cinco volúmenes sobre Oviedo, una obra que se inscribe en lo que hoy llamamos "estudios de historia local", una historia social, pero también política, una historia económica que marca las fases de las trasformaciones urbanas, y una historia de la cultura, o de la cultura del ocio, cada vez más frecuente en los estudios académicos, una historia que informa sobre los gustos, hábitos y modas, pero también en definitiva sobre la evolución misma del pensamiento social, sobre el discurso de las mentalidades, en el marco de una comunidad determinada.
Si como afirmaba Benedetto Crocce, toda historia es historia contemporánea, este Oviedo de Juan de Lillo es un excelente ejemplo de ello, porque los hechos, sucesos y avatares que se narran tienen una interrelación tan directa que el tiempo -que es el contenido humano de la historia- los convierte en un todo del que resulta imposible segregar alguna de sus partes. Es imposible, por ejemplo, reconocer la naturaleza peculiar de las tertulias ovetenses de los años veinte y treinta del pasado siglo, sin que inmediatamente la memoria nos traslade a aquellas otras en las que sesudos y graves catedráticos de universidad, junto con plutócratas y comerciantes reconocidos, alternaban democráticamente con personajes de economía mucho más inestable y modesta, y aún con tipos populares que no tenían otro medio de vida que el que les procuraba su genialidad y extravagancia.
Y al lado de otras excelencias, que denotan al periodista avisado y curtido en mil reportajes, está el aparato gráfico de la obra, que me atrevo a definir como una de las herramientas más importantes de la documentación histórica manejada. A través de esta rica muestra gráfica, el lector amante de su ciudad puede certificar que los poderes municipales no siempre han actuado en defensa de la singular fisonomía urbana de Oviedo, en defensa de la preservación de lugares y espacios irrepetibles (la desaparicion de los palacetes burgueses de Uría, rematada con la destrucción absurda de Concha Heres; la demolición de la singular estación del Vasco, que en cualquier país culto hubiera cambiado sus usos en beneficio de su mantenimiento; la reciente "intervención" sobre la manzana de casas de la calle Campomanes, último reducto de una calle abierta con el dinero de los indianos ovetenses, etc, etc, etc, por citar tres casos cercanos en el tiempo), olvidando que lo que marca el carácter de una ciudad no es lo que se construye en los nuevos ensanches de los barrios (que resultan clónicos en todas las ciudades españolas), sino los estratos consecutivos del desarrollo urbano hasta la mitad del siglo pasado.
Así que para mi fue un gozo y un honor ayudar a Lillo a trastear el toro de la presentación de su crónica ovetense. Juan ha dejado, además de miles de páginas escritas -entre artículos, reportajes, biografías, ensayos y entevistas- en los medios de comunicación regionales, ha dejado tras de sí, repito, una blanca estela de afectos y amistades compartidas que tienen mucho que ver con su cordialidad personal.
Porque a los demás nos llega, percibimos, que Juan se enamora de lo que ve, a poco que se le deje entrar en contacto con el objeto de su mirada. Puede ser su pueblo natal, Moreda, que ha reflejado literariamente de manera admirable, o puede ser Oviedo, como es el largo caso que nos ocupa. Sobre Moreda ("esa calle tan larga" en la memoria) ha escrito un pequeño libro de recuerdos que refuerza la identidad de su esencia popular. Sobre Oviedo ha construido una crónica que nos hace sentirnos, a todos, más comprensivos, más compasivos, más atentos con esta ciudad medieval que nos acoge.
Lastima que en un acto, lleno de amigos del autor y de devotos de las cosas de Oviedo, faltara una representación municipal. Nadie del equipo de gobierno, pero nadie tampoco de la oposición, ni de unos ni de otros. Pero por eso Oviedo es lo que es. Por eso hay que escribirla para saber que existe. Dios nos asista.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura.
