EL CORREO CATALAN

Querido J:

¡Tal parece que nuestra correspondencia fuese pública! He recibido, insólitamente, más de dos y más de tres cartas planteándome el caso Federico Jiménez Losantos versus Manuel Vázquez Montalbán y, lo que es por completo estupefaciente, animándome a tratarlo desde los particulares puntos de vista de mis corresponsales. Tú callas, según tu costumbre y naturaleza, aunque esta vez te dispense la precaución de ver en qué queda mi anuncio de la carta última, cuando daba por hecho que MVM es el sombrío coprotagonista del libro de memorias barcelonesas de FJL y te emplazaba a una semana vista para hablar de ello.

La escena del duelo arranca de un texto antiguo, que FJL escribió en 1979 en su libro Lo que queda de España y que ha incluido ahora en sus memorias barcelonesas. Es el segundo (La mayor barbaridad, se titula) de los cuatro ensayos del volumen. Todo él es una crítica feroz de un artículo de MVM publicado en 1977 en la revista Triunfo. En este artículo MVM dice cosas asombrosas. Ya lo presagia el arranque: «En castellano escribió Txiki [un terrorista etarra fusilado en septiembre de 1975] su último verso antes de ser fusilado en castellano». Y lo reafirman, incluso cómicamente, algunos de sus desarrollos, como éste en el que describe el futuro fonético de la lengua castellana una vez liquidado el estigma franquista: «Se parecerá más al andaluz, al canario o al mexicano que a ese castellano parapetado en vocales acastilladas, zetas de abordaje y erres de arrastre que utilizaron y utilizan los que le dieron sello poético-imperial».

Aquí está, y con todo su cromatismo, el purísimo MVM, del que tanto aprendimos a hacer piruetas pop. Es un párrafo interesante. Hasta llegar a él podría pensarse que todo el aparato retórico del autor, basado en la superstición romántica de que la lengua es un ser vivo capaz de imprimir carácter a sus hablantes, es metafórico y que debe entenderse sin la trampa de hacer pasar sus metáforas por lenguaje recto.

Pero esta irrevocable alusión a la fonética lo desmiente: MVM cree de veras que la lengua liberada adquirirá una carnalidad diferente. Te puedes figurar la crítica sarcástica, implacable, toponímica, de FJL: «De nuevo la desolación en nuestra comarca: Orihuela del Tremedal, Bronchales, Teniente, Griegos, Tragacete, Tramascastilla... ¡Qué sé yo! ¡Cuánta penitencia nos espera! ¡Qué de erres y zetas, qué de pecados y crímenes, qué de represión imperialista vienen haciendo por la zona de mi pueblo sin saberlo desde que nacen!».

No vale la pena seguir en el pormenor del artículo y en el severo correctivo que nuestro polemista le aplica. Sólo subrayar tenuemente que el artículo de MVM había sido publicado en Triunfo, es decir, con el permiso de la autoridad. Un fragmento de la réplica de FJL apuntaba al centro del idealismo de su antagonista (¡quién habría de decirlo en un materialista dialéctico!) y se convertía en el sustrato lógico de sus respuestas como flechas: «No. No se libera la lengua; precisamente por serlo, por no ser en sí sino instrumento de los patanes que así la maltratan». Un punto de vista impecable, racional, que pudo ser el fundamento de la disidencia lingüística en Cataluña. Pero que no lo fue. No lo fue, ni siquiera en el caso del propio FJL.

Dos años después, y en el ambiente provocado por la aparición del Manifiesto de los 2.300, muy crítico con la política lingüística que comenzaba a diseñarse en Cataluña, nuestro polemista abandonaba la razón crítica y adoptaba el punto de vista heideiggeriano, mucho más acorde con sus lecturas psicolinguoestructuralistas de entonces.

Así declaraba al diario TeleXprés: «¡Ojo! que cambiar de lengua no es como cambiar de camisa; que la lengua es nuestro ser. Y eso lo sabéis muy bien los catalanes». No era un declaración aislada. El Manifiesto de los 2.300, del que fue uno de sus promotores principales, decía en uno de sus párrafos: «Nadie nace con una lengua, pero todos tienen derecho a acceder a la cultura mediante ese vínculo afectivo que une al niño con sus padres y que, además, comporta toda una visión del mundo».

La identificación entre el ser y la lengua acaba en un cóctel en la Fundación Miró. FJL se encuentra con el director, Francesc Vicens, un permanente compañero de viaje de los comunistas catalanes, y le reprocha que la fundación que dirige le haya enviado unas cartas a nombre de «Frederic Jiménez Losantos». «¡Yo me llamo Federico!», salta nuestro héroe, mientras Vicens trata de justificarse aludiendo a la cordialidad entre autóctonos y recién llegados. Yo me llamo Federico. Yo me llamo Josep Lluís.

Manuel Vázquez Montalbán creía que la lengua castellana estaba carcomida por el fascismo, y que algo inexorablemente fascista habría en todo aquel que la usara. Aunque fueran las erres: ¡las erres que su antagonista pronuncia tan mal como yo! Federico Jiménez Losantos, tras las primeras réplicas racionalistas, acabaría identificando igualmente la lengua con el ser y con una determinada visión del mundo. La propia existencia de ellos dos, con una lengua compartida y muy distintas maneras de ver, probaba que sus tesis eran, en el fondo, la misma tesis (la lengua como ser vivo, germinal o castrador) e igual y fatalmente erróneas.

Así fue como, por desgracia, quedó planteada la lucha contra el esencialismo nacionalista que, primero Jordi Pujol y luego la izquierda, han conseguido imponer como condición del paisaje y premisa de la actividad. No como una lucha que persiguiera la desactivación del mito nacionalista y sus taradas maneras de construir la política, la cultura y la vida en común, sino como una lucha para crear una zona libre donde otra ontología lingüística pudiera desarrollarse.

Ese carácter resistencialista, en pos de un espacio (por ejemplo: de un circuito escolar propio), ha caracterizado el trabajo, tantas veces heroico, de la resistencia catalana al nacionalismo. Lo ha caracterizado y lo ha lastrado, y largamente en el tiempo. Al fin y al cabo el primer Manifiesto del Foro Babel, del ya bien entrado año de 1997, apenas podía disimular tampoco con el envoltorio de sus buenas intenciones la servidumbre esencialista: «La sociedad catalana tiene en la lengua catalana un elemento que la identifica (...) La lengua castellana es la lengua materna y de identidad cultural de una parte sustantiva del pueblo catalán».

MVM es el antihéroe de la memoria de FJL, porque representa al charnego agradecido frente a todos aquellos otros que acabaron abandonando Cataluña. Someterse o marcharse: bajo el esquema esencialista no había otra posibilidad. Creo saber, en el plenipotenciario juicio de intenciones que me permite nuestra correspondencia, lo que piensa FJL sobre todos los que en Cataluña han seguido escribiendo en castellano bajo la dominación nacionalista: que en realidad escriben en una suerte de alemán, propio de los humillados. En cuanto a MVM, y sin movernos del alemán, está su largo poema Praga, publicado cuando su antagonista ya se había marchado, en busca de su ser, pero sin rótula.

«Ser judío, vivir en Praga, escribir en alemán, significa no ser judío ni alemán ni ser aceptado por las mejores familias de la ciudad».

Ya lo ves. Otro que había perdido el ser. Y así nos fuimos haciendo viejos e inútiles.

Sigue con salud.

A.

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