El factor belga

Antes de formar criterio sobre la crisis actual de la Monarquía belga, que este Diario analizará en su momento, como también hará con el factor turco que el Mister X español desconoce, conviene salir al paso de opiniones infundadas sobre la integración de flamencos y valones en la unidad belga. Esa unidad, que no fue promovida desde dentro, la impuso la conjunción de intereses extranjeros que la crearon. El control de ese pequeño territorio había sido la manzana de la discordia europea desde el Renacimiento. Hasta el extremo de que Luís XIV prefirió ocupar ciudades flamencas y valones, antes que realizar la unidad europea, cuando puso en el trono del imperio español a su nieto, Felipe V.

Bélgica accedió a su independencia (1830) como Estado-tampón, ideado por las potencias europeas, para impedir que cayera en manos de una de ellas. Pero a partir de 1876, Leopoldo II creó el sentimiento nacional belga mediante una argucia colonialista. Organizó una “Asociación internacional africana” de la que salió el Estado-tampón del Congo, bajo su soberanía, para evitar la dominación de África central por Francia o Inglaterra (a través de Portugal). Bismarck lo aprobó. Y el rey “cristianísimo” envaneció y enriqueció a los belgas con el más duro de los colonialismos. El honesto Bertrand Russell desenmascaró este turbio asunto colonial.

Los nombres de sus ciudades (Lieja, Mastrique, Brujas) recuerdan la historia de la libertad del protestantismo, contra la represión de la imperial y católica España. Una lucha que mereció ser inmortalizada, a veces con injustas leyendas, por los mejores pinceles flamencos y el arte de Schiller, Goethe o Beethoven. La buena fe y la información histórica obligan a recordar, a los americanistas del último cuarto de hora, que en 1948 se firmó el Tratado de Bruselas, entre Francia, Gran Bretaña y Benelux, como pacto defensivo que, extendido a Alemania Occidental, fue la base del Tratado de 1954, creador de la Unión de Europa Occidental. La crisis de la Monarquía belga es inseparable de esta historia y de este contexto europeo. En nada se parece a la Monarquía impuesta por Franco a los españoles, ni a las aspiraciones independentistas vasco-catalanas.

Florilegio

“Los buenos historiadores adivinan, por sus efectos visibles en los grandes o llamativos acontecimientos, las causas políticas, religiosas o económicas que los producen. Generalmente se equivocan. Ellos se ocupan de las confesiones de los gobernantes y de los documentos que éstos archivan, en lugar de observar en vivo los cambios sociales que tejen la urdimbre donde se trama la verdadera historia, la que posibilita el acontecimiento, como hacen los novelistas de genio acudiendo a ficciones literarias”.