BAJO EL VOLCAN
Fue en un coloquio predemocrático y no sé qué hacía allí. El público eran rojas cabreadas, pero del rojo y negro anarquista. Una de ellas nos espetó, no sé qué a cuento, que había tenido que abortar ocho veces en su aldea gallega. El ambiente caldeado se puso a hervir cuando el joven ginecólogo que me flanqueaba le contestó: «Señora, si ha tenido que abortar ocho veces es que usted es tonta, porque ha tenido medios para evitarlo».
Los que nos pusimos rojos fuimos nosotros porque, de machistas hasta las orejas, nos llamaron de todo menos maricones. Yo que no había dicho nada di un brindis al sol del feminismo y me perdonaron porque era muy joven. Aquella multiabortista rural no parecía tonta y atribuí su drama al reaccionarismo cívico y eclesial de su entorno y a la consecuente falta de información. Hoy las 90.000 mujeres que abortan cada año no tienen tan fácil explicación. Los anovulatorios, la píldora del día después (sin que el médico avise a los padres), la ligazón de los conductos seminales en el varón, el ligue de trompas en la mujer, el desacreditado método del doctor Ogino, que tantos hijos ha traído al mundo, el siempre peligroso apearse en marcha y la respetada funda del doctor Condon forman una farmacia universal, un supermercado sexual que debería proteger a las mujeres de los embarazos indeseados.
Falla la educación familiar aunque haya madres que reparten píldoras y condones a la prole que sale de marcha. ¿Qué instrucción les dan a los jóvenes en sus escuelas? Educados para zotes, confundirán un cigoto con un cigoñino o un embrión humano. Poseídos de un frenesí parecemos gritar aquello de Ajoblanco («Follad, follad, que el mundo se acaba») o felicitar a aquella dama que recomendaba a su niña: «Hagas lo que hagas, no te quites las bragas». Y la Iglesia demonizando los anticonceptivos. Que Dios se lo demande. Desde la frivolidad hemos dado de manos en el horror de abortos de ocho meses y licuadores para tirar los restos por el fregadero. Sin contar las que matan al nasciturus en el retrete.
La ley del aborto es hipócrita porque deja abierta la gatera del daño psicológico de la madre, que a ver con qué metro se mide. No me extraña que tantos psiquiatras firmen sus pericias en blanco. Si la engendrada dice que no quiere al hijo, ¿qué le vas a decir o a obligar? La prensa de izquierdas ha descubierto una conjura antiabortista: si hubieran tantos indios como ven, no estarían gobernando. Zapatero no va a enderezar la ley a un paso de las elecciones, aunque los antiabortistas tampoco le van a votar por estarse quieto.
Para acabar con el negocio del útero hay que establecer un plazo máximo para el legrado, que las clínicas privadas estén concertadas con la Seguridad Social a efectos de control y una inspección fiscal permanente para evitar el cobro en negro y los chiringuitos abortistas en una solución habitacional. Pero hay que ser pesimistas porque la angustia no cejará: adolescentes de clase media y escolarizadas, en gestación. El amor o el deseo no deben pagar este precio.
© Mundinteractivos, S.A.

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