Una pesadilla de cuatro años, de Pablo Sebastián en Estrella Digital
Se ha terminado la peor legislatura desde el inicio de la transición. Ha sido como un mal sueño, una larga pesadilla donde se han trivializado, por parte del Gobierno y de la presidencia de Zapatero, asuntos fundamentales para la convivencia e identidad nacional provocando fracturas innecesarias que, tarde y mal, se han intentado rectificar a medida que se acerca el tiempo de las elecciones. Y que la oposición de Rajoy ha sido incapaz de compensar con una respuesta razonable y razonada, y ajena al espectáculo de la bronca callejera y mediática que ha servido, entre otras cosas, para poner en clara evidencia la falta de liderazgo y equipos del PP, y cansar a los ciudadanos con la escenificación de una trifulca que poco o nada tiene que ver con sus primeras inquietudes y necesidades, consiguiendo que la sociedad civil y la opinión pública haya permanecido alejada de todo lo que se consideraban cosas de los políticos.
No cabe la menor duda de que la responsabilidad de lo ocurrido la tiene el presidente Zapatero y su escasa preparación y bagaje político, intelectual y moral, lo que le ha permitido adentrarse, por impulsos un tanto infantiles y temerarios, en pantanosos territorios como los de la negociación con ETA y la reforma territorial del Estado. Donde ha cosechado rotundos fracasos y ha dejado abierta la puerta de nuevos atentados terroristas y de la escalada soberanista de vascos y catalanes los que, crecidos y convencidos de que el 9 de marzo no habrá una mayoría importante para gobernar este país, están a la espera de aumentar los desafíos, una vez que conocen la debilidad de los primeros dirigentes del PSOE y del PP en la política nacional.
Y es, ese horizonte de influencia nacionalista —donde tampoco habitan líderes del primer nivel—, el que nos anuncia que la crisis de la legislatura que se acaba todavía puede empeorar, salvo que en el PSOE y el PP, unos dirigentes que no se ven por ninguna parte, se decidieran a poner y punto final —por ejemplo con un gobierno de gran coalición— al gran jolgorio nacionalista que, además, carece del suficiente apoyo de sus propios ciudadanos, como lo han demostrado las últimas consultas celebradas en Cataluña y en el País Vasco. Comunidades en las que se ha desatado una carrera hacia la independencia, y en el caso de Euskadi con el agravante de la formación de un frente nacionalista que incluye, además de PNV y EA, a Batasuna y a ETA, al margen de la legalidad nacional. Algo que nunca hubiera sido imaginable si Zapatero no hubiera legalizado ANV y puesto en los altares a Otegi como “un hombre de paz”, y “protegido” al asesino De Juana Chaos al que se presentó como persona favorable al ya fracasado “proceso de paz”.
De todo esto y que en CiU se hable de autodeterminación e independencia, mientras ERC —el partido que lo ha envenenado todo— sigue imponiendo su ley en la Generalitat y en Madrid, solo hay un responsable, Zapatero, con el apoyo de su Gobierno y su partido, el PSOE, los que ahora estiran sonrisas, dicen que han rectificado y aprendido la lección y hacen como si no pasara, o no hubiera pasado, nada. Lanzando a los cuatro vientos una gigantesca campaña de propaganda gubernamental —la que habían prometido no hacer nunca—, con la que piensan borrar la memoria de los que han entendido el desastre y la involución —democrática, también— de estos cuatro años.
En ello y bajo el mandato de Zapatero han pasado otras cosas como ataques a la figura del Rey, una caótica política exterior —que se burla y condena a los Estados Unidos mientras agasaja a Chaves y Gadafi—, y un regreso al pasado de la Guerra Civil y a tiempos de enfrentamiento que ya creíamos en la Historia y que, gratuitamente y sin venir a cuento, como lo de ETA y los Estatutos soberanos, insolidarios y desiguales en derechos y deberes, se ha puesto sobre la mesa para luego intentar cerrarlo con prisas, mal y sin contentar a nadie, ni al propio PSOE.
La economía bien, por el impulso de la bonanza expansiva, pero con serias señales de alarma ante las que nadie sabe qué hacer, y con la intervención directa de la presidencia del gobierno en la grandes empresas privadas, y por supuesto en las públicas y siempre a su favor, o como moneda de pago y cambio para las minorías nacionalistas. De la gestión catastrófica de las infraestructuras a manos de la reprobada ministra Álvarez, poco se puede añadir a lo que ya han dicho hasta los propios aliados del PSOE.
Y el retablo de las maravillas españolas se completa con la aportación del Partido Popular y sus vociferantes y desprestigiados portavoces, de los que presume Rajoy como capitán y que han perdido cuatro años encadenados a las mentiras de los atentados del 11M y de la guerra de Irak, paseando por las calles la bandera de España como si fuera algo particular, y jaleando en la calle y, a medias con la Conferencia Episcopal, los ataques al Monarca, conspiraciones varias y el España se rompe, exageración sin fundamento que frivoliza y desacredita las que fueron críticas razonables del PP. Un partido sin liderazgo ni equipos de gobierno que tiene su cuota parte de responsabilidad por lo ocurrido en los pasados años y que, víctima de sus carencias, no tiene expectativas de poder ganar unas elecciones que, en cierta manera, el PSOE les había puesto en bandeja con lo ocurrido en esta legislatura que acaba de terminar.
