Aseguran las estadísticas que España ha adelantado a Italia en PIB per cápita. Algo tan cierto como incierto. Las regiones del norte de Italia siguen siendo las más ricas de Europa, mientras las del sur no levantan cabeza. Ni siquiera van por el camino como las españolas. "¿Qué ocurriría si la Liga Norte lograra sus propósitos secesionistas?", le pregunté años atrás a un demógrafo florentino que era mi oráculo preferido. La respuesta, espetada a bocajarro, me dejó helado: "Que el sur se desarrollaría a enorme velocidad". Cada vez más gente culta, en el antiguo reino de Nápoles, empieza a convencerse de que las cosas les hubieran ido bastante mejor si nuestro ilustrado Carlos III, a la muerte de Felipe V, se hubiera quedado allí como lo que era, Carlos IV de las Dos Sicilias, los veinte años que le quedaban de vida - ya había reinado de modo ejemplar un cuarto de siglo-. En este caso, Garibaldi no hubiera osado desembarcar en Sicilia casi un siglo más tarde.
Sería una lástima, porque entonces no se hubiera escrito ni filmado Il gatopardo,pero en compensación se hubieran ahorrado el fascismo, además del complejo de inferioridad que se les atribuye desde la Italia centroeuropea y el extranjero.
¿Existe de veras este complejo? Más bien se trata de un supuesto reflejo del complejo de superioridad del norte. A la que hurgas un poco, resulta más llamativa la superioridad de los de la Campania y Sicilia. Con razón, puesto que están en el lugar más privilegiado del Mediterráneo, que ha sido desde su fundación el mejor lugar del mundo. No en vano los griegos que podían se trasladaban allí con sus familias. No en vano, desde Lúculo hasta los más refinados emperadores preferían residir en los paradisiacos alrededores de Nápoles a permanecer en la desquiciada Roma.
Con razón escribió la sin par Matilde Serao, pionera del periodismo a pie de volcán y sagaz escritora: "No tenemos los grandes bosques del norte, los negros bosques de abetos cuyas ramas retuerce el huracán como brazos de colosos desesperados… lejos, una naturaleza casi ideal, melancólica y nebulosa, inspiradora de los extraños delirios de la fantasía… Aquí una naturaleza real, abierta, sin nieve, ardiente, seca, eternamente lúcida, eternamente bella, que obliga a vivir en la alegría o el dolor de la realidad. Allí se sueña en la vida; aquí se vive en un sueño que es la vida misma". El humanista y erudito Benedetto Croce estaba en las mismas. Como Pirandello, de la siciliana y antes griega Agrigento. Y no fue hasta que Leonardo Sciascia inauguró su reverencial servilismo hacia el norte que las tornas psicológicas empezaron a cambiar. Pero todavía les queda un buen trecho a los nuevos ilustrados cosmopolitas con complejo sudista, creyentes a pies juntillas en la superioridad de los lombardos (los bárbaros que se desentendieron de Roma cuando estaba en peligro de caer bajo la media luna, propiciando así que bajara Carlomagno de salvador y de paso hiciera oscilar el centro de Europa hacia el brumoso norte), un buen trecho les queda, y si del fervor popular depende, jamás lo van a recorrer. A diferencia de la insulsa Milán, Nápoles es una ciudad regia, a la que si se han escapado alguna vez deben volver cuanto antes y si todavía no lo han hecho, no sé a qué esperan para abrir un paréntesis en la lectura de este artículo, correr de inmediato a una de esas agencias que aplaza el pago hasta dentro de unos meses y encargar su billete.
Cerrado el paréntesis, y por lo tanto de paseo por las calles del trazado romano central, tal vez estén a tiempo de comprobar hasta qué punto, en materia de figuras pesebrísticas, vamos muy por detrás de la capital mundial en esta materia que es Nápoles (por cierto, nuevo paréntesis, si el mencionado Carlos de Borbón hubiera hecho como nuestro Alfons el Magnànim, que una vez desembarcado en la península Itálica ya no quiso volver a la Ibérica, entonces no se hubiera traído la tradición de las figuritas navideñas y ahora estaríamos sin caganer y su compañía terrenal, además de la celestial). En serio, si no este año, el próximo, y si no el otro, pero vayan a Nápoles en diciembre.
Las figuras de terracota pintada son equiparables a las mejores de las nuestras, si bien el estilo es el de allí. Desde luego, el pesebre ideal es el que combina las figuras napolitanas con las catalanas. Pero las escenas animadas deberán ser napolitanas, desde el pescador que lanza una y otra vez la caña, hasta la señora que desciende el cesto del balcón a la calle, pasando por el que mete las pizzas en el horno en cuyo fondo brilla una llama, el zapatero que clava una y otra vez el mismo clavo, el incansable cortador de leña y cien más.
Los napolitanos tienen fama de bullangueros y ruidosos. Tal vez lo sean. Pero les veo ante todo orgullosos e impertérritos, como corresponde a su carácter de capital de un reino que ha sido durante siglos teatro de guerras entre extranjeros. Un día, cuenta la leyenda, el Vesubio cubrirá Nápoles con sus cenizas ardientes, y los napolitanos caminarán imperturbables por la calle como si su ciudad, y ellos mismos, en vez de estar a punto de ser sepultados vivos, creyeran convertirse en figuras de terracota para la eternidad.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados