CANELA FINA
He peregrinado por Madrid de norte a sur y de este a oeste, como Fernán-Gómez tras la cruz y la espada, y no he encontrado un solo adorno luminoso del Ayuntamiento que recuerde la Navidad. Seguramente los habrá porque me falta la minuciosidad de Gómez de la Serna al caminar por las avenidas elegantes y las calles canallas de la Villa y Corte. Pero yo no los he visto. Los hay privados, sobre todo los de El Corte Inglés.
La Piccirilli ha impuesto luminosos abstractos, algunos bellísimos como el de Cibeles a Puerta de Alcalá, otros deleznables, todos asépticos, como si lo que celebráramos fuese la visita de Chávez a España para pedir perdón al Rey por la catarata de impertinencias con que le lleva obsequiando desde hace semanas, alentado por los desatinos del ministro Moratinos.
En la calle de Velázquez, la Piccirilli nos ha endosado unas docenas de palabras extraídas del más merengoso de los progresismos. Ni una sola de esas palabras colgantes dice «Navidad». «Norabuena vengáis al mundo, / Niño de perlas; / pues sin vuestra vista no hay hora buena», escribió Lope de Vega en Los pastores de Belén. Claro que la Piccirilli piensa que los pastores de Belén eran banqueros voraces que acudían al portal a financiar a la familia del ultraderechista José.
Está claro que la Navidad cristiana no existe para el Ayuntamiento gallardónico. Es la conmemoración del nacimiento de un ser reaccionario que hay que extirpar de una sociedad en vanguardia. «Sustituyamos el caduco signo de la cruz por el de la hoz y el martillo», decía en 1936 un político de nuevo de moda. La realidad es que el martillo ha resultado históricamente muy útil para meterle la hoz por el rabel al sátrapa Stalin, un tirano del jaez de Castro, pole position de la Fórmula-1 de los dictadores del siglo XX, con Mussolini, Hitler, Chiang Kai-chek, Franco, Salazar, Pinochet y Mao en la línea de salida.
En su tenaz campaña por descristianizar la Navidad en Madrid, la Piccirilli, que ha conseguido paganizar hasta la Cabalgata de Reyes, tiene un arma escondida para el futuro. A ella lo que le gustaría es que los madrileños celebraran la natividad de un personaje que reposa momificado en la Plaza Roja de Moscú. Todavía no se atreve a planteárselo a Gallardón porque teme que Esperanza Aguirre le dé un mordisco. Pero todo se andará.
Decenas de miles de personas han visitado el belén instalado por la presidenta en la Real Casa de Correos. Un espectáculo. En la inmensa mayoría de los hogares, junto al árbol de Navidad, se pone el Nacimiento de toda la vida. Once millones de personas asisten cada fin de semana a Misa. ¿Qué pasaría si un partido político, el PSOE o el PP, convocara a un mitin todos los domingos del año? ¿Cuánta gente acudiría? La Misa produce 360 millones de asistencias al año. La Piccirilli no se puede creer que haya tanta gente retrógrada y supersticiosa. Así es que se pasea desolada todas las noches por las calles de Madrid, iluminadas según su antojo contra el sentimiento de los ciudadanos que con sus impuestos pagan el despilfarro municipal.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
© Mundinteractivos, S.A.

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