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20 Diciembre 2007

Canciones inteligentes, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Pasó por Barcelona Juliette Gréco, pasó un mito. En el recital del Palau estuvimos, supongo, los incondicionales, aquellos que le debemos tanto que fuimos con la intención de paliar en algo la impagable deuda contraída mostrándole nuestro afecto y nuestra admiración. Seguramente fuimos por eso y no salimos defraudados, defraudados del mito.

Efectivamente, Juliette Gréco ha sido pieza esencial de la canción francesa de la buena época, la de los años cincuenta y primeros sesenta, hasta que Aznavour triunfó internacionalmente cantando La mamma y Que c´est triste Vénise,Bécaud entonó una artificiosa Natalie y se pusieron de moda tipos blandengues como Adamo o Richard Anthony y falsos rockeros como la inefable pareja formada por Johnny Hallyday y Silvie Vartan. En definitiva, hasta que el comercio se impuso al arte, el dinero al gusto.

En la generación anterior, la de mediados de siglo, la chanson alcanzó su gran época. Se trata de aquella generación que tiene como hermanos mayores a Charles Trenet, Edith Piaf, Yves Montand y Henri Salvador; como núcleo central, y de más alta calidad, al gran Georges Brassens y también a Léo Ferré, Jacques Brel, Catherine Sauvage y el primer Aznavour; como magníficos secundarios a Gilbert Bécaud, Serge Gainsbourg, Mouloudji, Boris Vian, Philippe Clay y Guy Béart; y, por último, a epígonos de lujo como Barbara, Serge Reggiani, Jean-Claude Pascal, Georges Moustaki o Jean Ferrat. Una plantilla variada que se puede seguir escuchando hoy en día y disfrutando como en los viejos tiempos.

Algo que, en todo caso, no pasa, que resiste el duro embate de las modas musicales.

Pues bien, Juliette Gréco forma parte, sin duda, de lo que hemos llamado el núcleo central y su aportación a este núcleo tiene una gran importancia. En efecto, la Gréco era cantante, no era, ni nunca ha sido, compositora de sus canciones, ni en la letra ni en la música. En esto comparte honores con Catherine Sauvage, prácticamente desconocida en España, extraordinaria cantante. Brassens, Ferré, Brel y Aznavour han cantado sus propias canciones. La Sauvage y la Gréco han interpretado canciones de otros. Ahora bien, mejor que nadie, incluso que los propios autores, porque han sabido escoger bien y han interpretado aún mejor. Sauvage ha sido la insuperable intérprete de Léo Ferré, que fue un mal cantante y un compositor genial, que hizo versiones musicales extraordinarias de poemas de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud o Aragon. Las versiones de Sauvage a los versos de este último son sencillamente sublimes.

Gréco fue otra cosa, Gréco quiso dedicarse a la chanson,según ella misma explica, para interpretar "canciones inteligentes" escritas por sus contemporáneos. La propia interesada ha dado varias versiones de las razones que tuvo para iniciarse en ese campo. Doy por válida la más antigua que conozco: unas entrevistas radiofónicas de 1954, poco después de sus primeros éxitos como cantante. En dicha entrevista (versión en CD, Juliette Gréco, Si tu t´imagines,Productions Jacques Canetti, 2006) la cantante explica sus comienzos con divertido desparpajo.

Tras relatar cómo entró en contacto con la bohemia existencialista de Saint Germain-des-Prés en el París de la posguerra y su entrada en Le Tabou, la célebre cava de aquella época, explica cómo fue a visitar a Jean-Paul Sartre para que le ayudara: "Monsieur Sartre, bonjour. Je veux chanter de chansons intelligentes", le dijo sin tapujos aquella espabilada muchacha de veintidós años. Amablemente, el filósofo pidió tiempo para pensarlo y le dijo que volviera al día siguiente. A las nueve de la mañana, Gréco estaba de nuevo en casa de Sartre: este le tenía preparados unos cuantos libros de poesía. "Léalos, escoja los poemas que más le gusten y regrese mañana". A la misma hora del siguiente día, Juliette Gréco había hecho su selección: "Monsieur Sartre, pour commencer j´ai choisi ´Si tu t´imagines´ de Raymond Queneau, y ´L´éternel féminin´, de Jules Laforgue". "Pas mal", debió de pensar Sartre. Y de regalo le obsequió con un poema propio, "La rue des Blanc-Manteaux", que había escrito para Huis-clos,una de las más conocidas obras de teatro de Sartre. "¿Y la música?", preguntó Gréco. "Vaya a ver ahora mismo a Joseph Kosma de mi parte. Le llamo por teléfono para que la reciba".

Estas fueron las tres primeras canciones que interpretó. Kosma ya era muy conocido por ser el autor de Les feuilles mortes,sobre un poema de Jacques Prévert, que había hecho famoso Yves Montand. La siguiente canción de Gréco fue La fourmi,con letra de Robert Desnos y música del mismo Kosma. Sartre, Queneau, Desnos, también después Prévert, no eran cualquier cosa. El objetivo se había conseguido. Se consolidaba la canción literaria.

He estado escuchando estos días a Juliette Gréco: creo que ninguna, absolutamente ninguna de sus canciones puede entrar en la categoría de "canciones tontas", no inteligentes. Es una delicia escucharlas una tras otra: sensibilidad, humor, pasión, crítica política y social, amor, desamor. En suma, inteligencia en el más amplio sentido de la palabra. Todo con su dicción inconfundible, con una voz profunda y áspera como un insulto, suave y tierna como un beso.

La gran aportación de Gréco a la canción francesa está ya en la anécdota de Sartre: ha sabido escoger con gusto exquisito por la literatura sus canciones y ha sabido cantarlas como nadie. Ha convertido el poema en canción.

F. DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

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