BULEVAR

La imagen es insólita. Un hombre alto, sonriente aplaude fervorosamente a una mujer vestida de blanco que se coloca la banda presidencial. Es Néstor Kirchner cediendo el cargo de presidente de Argentina a su esposa, de ahora en adelante la nueva presidenta. A poco de ganar las elecciones, Cristina destacó que la desinencia de su cargo era femenina, no masculina, sin embargo ejerce con el apellido de su esposo. Aunque ha mantenido gran parte de la composición del antiguo gabinete, las declaraciones de la nueva presidenta parecen tajantes: confía en un gran pacto social y también en que los juicios a los torturadores hagan justicia definitivamente a las víctimas de la represión militar. Dijo que no será gendarme de la rentabilidad de las empresas, quizás una de las tareas más difíciles que se ha impuesto. He saludado a mis amigos argentinos de Barcelona, porque me siento optimista ante el Gobierno de Cristina Fernández, mujer fuerte y decidida; debo reconocer que mis saludos fueron recibidos con escepticismo.

No me extraña esta reacción, pero algo se está moviendo intensamente en América Latina, y aunque los conflictos son de gran envergadura, más vale mirarlos de frente. Tenemos dos mujeres presidentas, Michelle Bachelet en Chile y Cristina en Argentina, y yo confío en que el sentido común de ambas contrarreste los delirios narcisistas de Hugo Chávez y los conflictos armados que subsisten en Colombia.Tabaré Vázquez, en Uruguay, también es un político dotado de sentido común y es posible que por primera vez en los escasos dos siglos de independencia de América Latina se pueda alcanzar el ideal de unidad y progreso que forjaron los grandes independentistas: Simón Bolívar, José G. Artigas y San Martín.

Si los europeos hemos conseguido después dos guerras mundiales y varias locales una Comunidad Europea, a pesar de las diferencias de lengua e historia, es posible que la nueva generación de presidentes y presidentas del continente latino americano formen una comunidad semejante, basada en la solidaridad y en la justicia. Como en las grandes familias será necesario reunir y repartir, a cada cual según sus necesidades. La tarea es difícil porque se arrastran problemas que vienen de la etapa de la colonización, y hay que enfrentarse a ellos sin revanchismo y con lucidez. A Evo Morales le está costando muy cara la reforma de la constitución que otorga poderes a las comunidades indígenas, y es comprensible: son dos comunidades con leyes y costumbres diferentes. A Lula en Brasil también le ha costado caro intentar cumplir sus planes de erradicar el hambre. El petróleo no es suficiente para construir un proyecto que las burguesías locales apoyen, acostumbradas a recibir mucho e invertir poco.

Es posible que el matrimonio Kirchner le evoque a muchos fantasmas del pasado peronista que preferirían olvidar. Pero han pasado muchos años, muchos muertos, mucho sufrimiento y, a veces, hasta los fantasmas consiguen desaparecer.

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