Se acabaron los ensayos. A partir de ahora cada movimiento de los partidos tendrá repercusión electoral, sobre todo según van acercándose los días al 9 de marzo. Los estrategas están en la fase de elegir muy bien los mensajes para que calen entre quienes tienen dudas o son renuentes a volver a votar al mismo partido. Todos dan por descontado que disponen de unos millones de electores intransferibles, que votan siempre a los suyos, pase lo que pase y a los que solo se les envían algunos guiños para que no se desanimen cuando el contrario aprieta. Por eso los que merecen atención de verdad son los indecisos, los que no se sitúan claramente a la izquierda o a la derecha y utilizan el voto de manera calculadora.

Hay mucha más gente neutral y alejada de posiciones sectarias de lo que parece. Bien porque pasen, bien porque analizan con más cuidado la situación y no se dejan llevar por sus criterios pasionales. Y hay quien espera respuestas concretas a sus preguntas y el que se las dé, tendrá su voto. Así que los últimos anuncios están dirigidos a la masa para que reaccione. Y los comités electorales escudriñan los últimos resultados para ver donde pueden obtener alguna ventaja adicional, puesto que el empate técnico parece bastante cierto y además se dio en las últimas elecciones municipales y autonómicas.Los socialistas, por tanto, creen que a su izquierda la movilizan de sobra desde los púlpitos del PP. Cuanto más exageran su oposición Eduardo Zaplana y Angel Acebes, asistidos regularmente por José María Aznar, más votos recauda José Blanco sin moverse. Por tanto la crispación viene bien para asegurar a los más fieles por ambos lados: siempre verán un motivo para sentirse ofendidos por las declaraciones y las actitudes del rival. Por eso desde La Moncloa ahora se lanzan las redes en sentido contrario.

Buscan pescar en el centro, donde hay gente molesta con el guirigay autonómico y temerosa de perder as ventajas de una economía que iba boyante. Por eso ya se han anunciado la vuelta de José Bono y la continuidad de Pedro Solbes. Sin ellos los socialistas parecen demasiado vulnerables. Pero ahora tendrán que ir a por los jóvenes, muy molestos porque los pisos no bajan y la precariedad en el empleo no desaparecen aunque todos los pronósticos indican que a la vuelta de pocos años habrá trabajo para casi todos, salvo que la economía entre en recesión.

En el PP las inquietudes son otras. Después de mantener vivo el recuerdo de la derrota del 2004 durante toda la legislatura, de negarse a pactar nada y de utilizar el terrorismo como una apisonadora, desde hace semana Mariano Rajoy ha levantado el pie del acelerador y ha dividido a sus huestes. Cree que el voto por la derecha está asegurado y bien amarrado con la ayuda de la iglesia y con algunos movimientos sociales, entre ellos el de una asociación de víctimas. Pero necesita atemperar su discurso: que se olviden de las mentiras de grueso calibre que un día si y otro también repitieron sus portavoces para enturbiar el proceso del 11 M. Y para no parecer que han estado siempre al margen del consenso.

Según eso los portavoces habituales pasarán a un segundo plano y aparecerán otros menos contaminados, como por ejemplo el encargado del programa electoral, Juan Costa. En cuatro meses hay que borrar las huellas de un pasado bronco y, en todo, caso responsabilizar a los socialistas de la falta de sintonía para resolver casos tan sangrantes como el de la renovación del Consejo General del Poder Judicial o del Tribunal Constitucional. Los conservadores han sido muy eficaces en confundir al elector dubitativo sobre quien interrumpe de verdad los acuerdos. Han sido ellos, como certifican los demás partidos parlamentarios, pero para obtener esa conclusión hay que hilar fino y no todos pueden hacerlo.

Pero hay más. Está el voto femenino, primordial hoy día, que es más sensible ante temas sociales, como por ejemplo la ley de dependencia -bloqueada en las comunidades del PP y acelerada en las del PSOE con la misma intención electoral- y menos inflexible respecto a las posiciones ideológicas. Requerirá un trabajo extra. Y no hay que perder de vista a las bolsas tradicionales de votos. El PP ya sabe que en Madrid ha calado muy bien la crispación: muchos ciudadanos votan como si fueran clientes de los taxistas que desayunan con la emisora de los obispos. Ven a Zapatero como un tipo de izquierdas peligroso -cuando ha sido uno de los presidentes democráticos mas comedidos en sus respuestas la durísima oposición que ha tenido- y se arrullan en el regazo de la implacable Esperanza Aguirre o justifican su voto en la progresía de Alberto Ruiz Gallardón. Lo mismo ocurre en Valencia y en Murcia, donde la negativa socialista al trasvase escuece aun. Por eso los socialistas miran con esperanza a Cataluña, a pesar de que los trenes no lleguen a tiempo, y esperan que no les falle el incombustible Manuel Chaves en Andalucía que se presenta ese mismo día a su enésima reelección.

Pero tanto como los votos en unas generales son importantes los diputados y muchas veces las diferencias no son suficientes para deshacer empates como el de Asturias, donde cada formación se lleva cuatro diputados. Y, por supuesto, en caso de un resultado muy justo intervienen los pactos y ahí los nacionalistas son los que se llevan el gato al agua. Por eso se dice tantas veces que obtienen demasiadas ventajas su número de votantes. Es el caso, muy injusto, de Gaspar Llamazares que tendrá muchos más sufragios en toda España y sin embargo dispondrá de bastantes menos diputados que catalanes o vascos, que concentran a sus electores en muy pocas provincias. Esto es lo que hay.

Demasiada incertidumbre a pocos meses de las elecciones. Temor de que la izquierda no se movilice y de que la derecha ahuyente a los más moderados de los suyos y peligro de que los pequeños acaben decidiendo de manera egoísta sobre lo de todos. España es así. Complicada e impredecible por lo menos hasta el 10 de marzo.

Mario Bango. Periodista.