El Sergas absorbe casi un tercio de los Presupuestos Generales de la comunidad autónoma. De estos recursos, en torno al 96% es gasto corriente, y el resto, inversión. El gasto corriente se puede clasificar a su vez en tres grandes apartados: gastos de personal, gastos en farmacia (hospitalaria y no hospitalaria) y otros gastos, donde estaría el funcionamiento de las fundaciones y centros sanitarios propios, los diversos servicios logísticos y los conciertos con centros privados. Pero también conviene recordar que además del gasto corriente contabilizado en los presupuestos del Sergas, existe un gasto adicional que se desplaza y registra en los ejercicios siguientes, lo que introduce distorsión y dificultad para conocer lo que en verdad sucede. A la suma del gasto contabilizado y el desplazado se le llama gasto sanitario real.
Pues bien, en 1996 el gasto real del Sergas era 1.608 millones de euros, mientras en el 2005 ese gasto suma 3.271 millones. En 1996 el gasto corriente ofrecía los porcentajes siguientes: personal, 45,4; farmacia, 24,0; otros gastos, 25,6. En el 2005 estos porcentajes se concretaban del siguiente modo: personal, 35,4; farmacia, 36,5; otros gastos, 24,1. La comparación o contraste de estas cifras da lugar, en principio, a las conclusiones siguientes. Una: por vez primera la farmacia constituye la magnitud más relevante del gasto sanitario público gallego. Dos: el gasto de personal se reduce de forma significativa en términos relativos. Tres: en el período analizado, todos los gastos considerados pierden, excepto la farmacia, que gana a costa de los demás.
Pero las cifras del 2005 precisan, sin embargo, ser matizadas. Porque si bien es cierto que el gasto farmacéutico aumentó de forma importante en ese ejercicio, también es verdad que se pagaron numerosas facturas de años anteriores, circunstancia que explica la situación, sin evitar el problemático y reiterado crecimiento anual del gasto en farmacia. En todo caso, parece que esta política de saneamiento continuó practicándose en ejercicios posteriores hasta abonar todo el gasto pendiente, para ajustar así el presupuesto a la realidad de costes y actividad que genera el Sergas. Pero ya sabemos que los problemas asociados al gasto farmacéutico no se resuelven solo aumentando el ingreso. También hay que racionalizar el gasto, educar al ciudadano, potenciar la salud pública y, sobre todo, neutralizar la capacidad infinita de la industria farmacéutica para imponer precios y generar poder de mercado. Los beneficios de esta actividad mercantil también tienen sus límites. Los poderes públicos tendrán que negociar con flexibilidad e inteligencia, pero sin rendición ni resignación.

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