LOS DÍAS VENCIDOS

Humo en las cercanías de la calle de Aragó con Meridiana. Humo blanco, señal de que los bomberos ya han actuado. Las calles mojadas y ese olor acre de extrañas materias consumidas. Y la gente que ni siquiera se detiene ante un hecho tan excepcional. En realidad, la gente ya no se detiene por nada. Un ciudadano yace en el suelo y pasamos por su lado como si se tratara de un borracho culpable sin sospechar que tal vez se trata de un sobrio inocente que ve cómo la vida se le escapa entre tacones apresurados. Un desconocido pregunta y le contestamos con un simple "no, gracias". Vamos a la nuestra. ¿Para qué detenerse por un incendio?

Anteayer tuvo que evacuarse un hospital en Badalona. Este verano sucedió lo mismo en Vall d'Hebron. En 1909, a raíz de la Setmana Tràgica, Barcelona se convirtió en la ciudad quemada. Ardían las iglesias y los conventos. Una conjura espontánea elevaba el humo de la protesta. La historia se encargó de explicar las causas de tantas llamas. Hoy nos limitamos a creer en el azar. Mejor eso que creer en el complot.

No hay día sin humo. El escritor suizo Max Frisch tuvo a bien escribir una bonita parábola sobre la ascensión del fascismo. En su obra Biedermann y los incendiarios (Biedermann und die Brandstifter), el autor describe a un confiado propietario que alquila el desván de su casa a una pareja educada. Su equipaje está formado por bidones de líquidos inflamables, paja, estopa y material pirotécnico. Biedermann, el propietario, asiste desde lejos a los sucesivos incendios que tienen lugar en su ciudad, pero convive perfectamente con los extraños habitantes de su desván. Cuando Biedermann se dé cuenta de que los incendiarios no eran otros que sus propios inquilinos, ya será demasiado tarde.

A veces, por pura necesidad de estar seguros, creemos que todo lo malo que nos pasa es el resultado del azar. Solo hay algo peor que la paranoia ante los desastres colectivos. Y ese algo peor es la indiferencia fatalista, la misma que marcó la complicidad ingenua de Biedermann.

Somos en las cosas

En la Diagonal de Barcelona, como cada año, se abre una feria climatizada de antigüedades. La Navidad es un buen momento para regalarnos cosas. El regalo a veces es un viaje. Otras veces es tecnología. En otras ocasiones es una antigüedad. O sea, que por Navidad se regala espacio recorrido, futuro por poseer o tiempo transcurrido. En las ferias de anticuarios hay muebles, objetos, piezas que algún día sirvieron a gente muerta. Mesas en las que se firmaron testamentos, abrecartas de cuando las noticias se recibían a mano, vasos en los que se bebió el primer vino o la última cicuta. En estas ferias de objetos antiguos me cuesta ver el objeto. Cuando tomo en mis manos una cajita de marquetería, se me aparece el fantasma de un señor con bigote que busca rapé o de una mujer que guarda los galones de su amante caído en una antigua guerra africana. Las cosas viejas tienen un precio. Pero hay que tomarlas con la humildad del usufructuario. Un día, cuando solo quede la antigüedad recomprada, los fantasmas seremos nosotros.

Dioptrías

He ido a mi óptica a por unas gafas. Ella me habla de la imagen que quiero dar. Y yo, pobre de mí, solo aspiro a la claridad de las imágenes y de la vida que realmente quisiera ver.