EL REVES DE LA TRAMA
El acuerdo de los dos principales partidos políticos para la celebración de debates electorales entre Zapatero y Rajoy es una sorpresa además de una buenísima noticia para los españoles. Esta fórmula regenera la campaña pues permite a los ciudadanos conocer mejor a los candidatos y pone freno a la propaganda mentirosa y demagógica por cuanto da la oportunidad de replicarla y desmentirla. En las democracias con más historia es un ritual acostumbrado, hace unos meses asistimos incluso con interés desde España al enfrentamiento televisivo entre Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, y siempre nos dan envidia los debates frecuentes y a varios niveles que se celebran en las campañas estadounidenses. Lo peor que ha pasado con los debates en España es que no se han celebrado al máximo nivel más que en una ocasión, en 1993, en que se vieron las caras Felipe González y José María Aznar.
Sea bienvenida, pues, esta oportunidad para hacer que las campañas se acerquen a la discusión de ideas y de programas, que es lo que deben ser, y se alejen de la feria de las ofertas tantas veces irresponsables y mentirosas, en la que más brillan quienes menos escrúpulos tienen. Pero lo primero que hay que preguntarse es por qué, de pronto, el presidente Zapatero se ha mostrado tan interesado en los debates como para urgir a su gente a gestionar un acuerdo en tiempo récord (aunque habrá que confirmarlo definitivamente). Si miramos hacia atrás, al antecedente, encontramos una razón: la incertidumbre de la victoria electoral. Cuando González aceptó el debate en 1993, las encuestas anunciaban un empate entre PSOE y PP, si no una victoria de los populares. Después de tres campañas realizadas con la expectativa de una mayoría absoluta (1982, 1986, 1989), el líder socialista entendió que la mejor manera de despegarse de quien amenazaba su continuidad en el poder era darle un baño a los ojos de todos, en televisión.
¿No ocurrirá ahora que, contra lo que dicen los altavoces del PSOE y también algunos sondeos, las encuestas internas del partido revelan el peligro de perder las elecciones? Desde luego, si le anunciaran una mayoría absoluta, Zapatero no discutiría con Rajoy cara a cara, no le daría esa oportunidad. Si se somete a la prueba del debate es porque lo necesita. Lo que está por ver es que Zapatero gane por goleada los debates proyectados, aunque estoy seguro de que, en su aireado júbilo personal, tiene la mejor de las confianzas en su persona.
Porque los debates son una caja de sorpresas en la que el más seguro de sí mismo puede salir trasquilado. González perdió sin paliativos su primer debate con Aznar, en el que cometió errores de arrogancia inexplicables, como el de no mirar a su contrincante en actitud despreciativa. El segundo lo ganó, pero ya no se recuperó de la impresión de que era batible, lo que fue patente por primera vez. Zapatero no es mejor retórico que Rajoy, más bien es peor -lo que no le ha impedido, es verdad, dominar algún encuentro parlamentario-, y se muestra físicamente afectado por las réplicas categóricas, lo que da muy mal en televisión. O sea, preocupado tiene que estar para retar a su oponente.
Falta, no obstante, algo importante para que estos debates sean una realidad: que los dos partidos ratifiquen el acuerdo anunciado y pacten las condiciones. En 1993, la puesta en escena de los debates exigió 60 horas de negociaciones. Pero alegrémonos de la posibilidad y exijamos desde ya a los líderes que se comprometan a garantizarlos en las campañas a partir de ahora. Nuestra democracia crecerá con ello.
© Mundinteractivos, S.A.

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