A última hora de ayer, socialistas y populares alcanzaron un acuerdo: habrá dos debates electorales entre Zapatero y Rajoy. No han dicho en qué televisiones, pero todo indica que se repetirá el modelo de 1996 entre Felipe González y Aznar. La noticia viene a salvar la imagen de Rajoy. Hasta ese momento, todo era extraño: el presidente era quien desafiaba al jefe de la oposición. Quien tiene más que perder, el jefe del Gobierno, retaba al que tenía más que ganar, que es el aspirante. Y, como correspondía a tan insólita situación, era también el aspirante quien ponía pegas al encuentro. Si no hubiera ese acuerdo de anoche, se interpretaría de esta forma perversa para el líder del PP: tiene pocas ganas de pelea; no tiene hambre de balón; no se parece a aquel Aznar que casi arrastró a González a dos platós de televisión.

Esa imagen era el dato negativo de una jornada donde Rajoy había demostrado todo lo contrario: ansias de ganar. Sus propuestas electorales están dirigidas al corazón mismo de los teóricos votantes de izquierda, que son los mileuristas, y al otro corazón (la cartera) de los habituales votantes del poder, que son los pensionistas.

En ambos sectores quiere moverle el suelo a Zapatero, y lo hace con descaro y osadía, combinando lo que todo el mundo considera incompatible: rebaja de impuestos y subida del gasto social. Si consigue que la gente le crea y, encima, le salga bien como acción de Gobierno, no es que gane el poder; es que hay que darle el premio Nobel de Economía.

Con un matiz: si esos 150 euros para las pensiones los llega a prometer Zapatero, lo echan del país. Por mucho menos -100 míseros euros para garantizar la pensión alimentaria de hijos de divorciados- le han dicho que dispara con pólvora del rey y que usa el dinero de todos para fines de partido. Rajoy tiene la fortuna mediática de que sus propuestas no se califican como electoralistas; son, sencillamente, electorales. Y, pensando en los debates, la lógica hacía preguntar: si ofrece tan buena mercancía y de tanta aceptación, si debatir le brinda la oportunidad de difundir propuestas tan rentables, ¿por qué ponía pegas?

Quede como un misterio del ilustre gallego. Al acordar dos debates, rectifica y se reconcilia con quienes le achacaban falta de ambición. Sólo le queda una espina de esta experiencia: reconciliarse él con la televisión del Estado y sus profesionales. No tenía ninguna necesidad de ofender a «todos los programas, del primero al último». Debió de tener un mal día. Disculpémoslo. Ahora, lo único importante es que no se niega al pueblo español una oportunidad de conocer propuestas e ideas, y no sólo improperios. Tal como está el ambiente, será lo más decisivo de la campaña electoral.