Llevamos más de tres años de campaña electoral permanente, de tensiones reales y ficticias, de enfrentamientos continuos entre el PSOE y el PP, entre los nacionalistas y españolistas, dando vueltas y tirones a la Constitución y a los altos tribunales del Estado, dañando incluso a la monarquía y los pactos de la Transición y temerosos de la economía familiar y macroeconomía, perdidos en la política exterior, crispados en manifestaciones callejeras y desconcertados ante el renacer de ETA. Demasiadas cosas han pasado en este tiempo, y no aparece en el horizonte ni una alternativa clara y estable, del PSOE o del PP, para cuando se celebren las elecciones generales. Porque todo anuncia que el próximo Parlamento dejará las cosas más o menos como están, y que no habrá una mayoría suficiente que permita adivinar un tiempo nuevo de firmeza y estabilidad, que facilite al futuro Gobierno ocuparse de asuntos corrientes que interesan a los ciudadanos, restablecer el dañado prestigio del poder judicial y la plena normalidad constitucional, y cuidar la preocupante situación económica y social, sobre la que llueven promesas electoralistas de mejoras económicas, mientras crecen las malas noticias que los optimistas llaman desaceleración de la economía y los pesimistas inicio de la recesión.
Y lo que es todavía peor, no se atisban en el panorama nacional dirigentes políticos que ofrezcan garantías de eficacia y serenidad, sino más de lo que ya tenemos y conocemos y que, entre unos y otros, nos ha conducido a la vigente y desastrosa situación, lo que aumenta, más si cabe, las tensiones y la incertidumbre, porque resulta imposible imaginar que los que pasaron cuatro años tirándose los trastos a la cabeza se vayan a convertir, en un abrir y cerrar de urnas, en buenos gobernantes o jefes de la oposición con voluntad y capacidad de diálogo y entendimiento. Por lo que cabe pensar que los perdedores serán barridos del mapa político por sus compañeros de partido, y que los ganadores tampoco tendrán una mayoría suficiente como para escapar de las ínfulas y las presiones nacionalistas, otro territorio de la política donde la sensatez y la capacidad de liderazgo de los dirigentes en presencia deja mucho que desear.
Naturalmente, el presidente Zapatero tiene la mayor responsabilidad de todo esto, porque lo ocurrido pasó bajo su mandato, que no fue generoso, ni acertado, ni amparó al conjunto de los españoles. Pero la oposición no supo, a su vez, dar respuesta inteligente a la crisis política e institucional planteada, ni ofrecer programas alternativos y equipos de gobierno con la necesaria credibilidad. Y lo que es peor, se ha pasado cuatro años sin decir cuál es su alternativa y ahora, en unas semanas, nos quieren contar todo lo bueno que traen bajo el brazo sus particulares Reyes Magos, o futuros gobernantes, que si son los mismos que ha dirigido la oposición del PP ya podemos decir que carecen de la menor credibilidad, por cuanto llevan en la frente —desde los últimos días del Gobierno de Aznar— la marca de la mentira y de la incapacidad, cualidades de las que hicieron gala durante la nefasta gestión de los atroces atentados de Madrid del pasado 11 de marzo del 2004 y que han repetido desde la oposición.
En cuanto a los equipos de Zapatero, pues más de lo mismo, con Bono de quita y pon, y sin que el presidente sea capaz de anunciar qué piensa hacer con ETA en la próxima legislatura, o cómo piensa abordar la nuevas e inquietantes noticias de la economía, o las demandas de autodeterminación que ya plantean sus socios del nacionalismo vasco y catalán, y todo ello adornado con el anclaje de ERC en el gobierno de la Generalitat, a medias con un débil y enrarecido PSC. El problema, en esto de Zapatero, no es que ya no esté en el PNV Josu Jon Imaz, por el que llora en el Congreso. El problema de Zapatero es que está sometido a Carod-Rovira, desde hace más de tres años, y si gana las elecciones seguirá en esa misma situación.
De manera que cualquier elector razonable y no marcado por el fanatismo que se ponga a pensar sobre lo que se nos viene encima, y que busque entre los partidos en liza una opción, lo va a tener muy difícil, salvo que de aquí al próximo 9 de marzo se produzcan cambios de liderazgos y noticias que asombren al cuerpo electoral. Pero es de temer que eso no va a ocurrir, y menos aún cuando llevamos casi cuatro años hablando todos los días de lo mismo y escuchando todos los días a los mismos. Ni ha surgido, en este tiempo, una tercera vía poderosa —incapaces de pactar entre ellos han sido los de Ciudadanos y Rosa Díez— y novedosa, que tampoco se aprecia en los grandes medios de comunicación, divididos y enfrentados con los propios políticos y alineados a uno y otro lado de la batalla global como apéndices propagandísticos de cada bloque electoral. De manera que “incertidumbre” es la palabra que mejor define el momento actual y, lamentablemente, la que seguirá imperando tras las votaciones de la jornada electoral.

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