De cuantas obediencias alcanzo a reconocer, para mí la más terrible resulta la de partido. Debe de ser muy triste tener que doblar la cerviz y acatar según qué medidas cuando tu criterio va por otro lado. Pensaba todo eso tras la gran manifestación por el derecho a decidir: qué duro ha de ser no poder manifestarte por el mero hecho de tener carnet del PSC, aun siendo un catalán ninguneado como todos los demás. No me cabe duda de que, entre la marea humana, con antifaz o sin él, había unos pocos centenares de socialistas catalanes (me refiero a socialistas del PSC, puesto que aquí, por fortuna y por higiene moral, el concepto socialista no se agota con ellos). Me gustaría creer que fue así. Sea como fuere, eché en falta alguna voz discordante, original, no sometida a la rigurosa plantilla (más allá del clásico y rebotado Maragall). Los socialistas son unos profesionales: ¿existe, en su seno político, la posibilidad de disentimiento? Como un solo hombre en pos del poder.

Cuando José Zaragoza defiende a la ministra Álvarez - con razones que en boca de sus adversarios serían tildadas poco menos que de soeces y que moverían a la censura inmediata- tenemos un caso ejemplar de obediencia de partido. Espantoso sintagma ese, como el de "disciplina de voto".

Pero quien, una vez más, apunta para sobresaliente en un severo ejercicio de demagogia fue el diputado Joan Ferran. Dijo, en su famosa entrevista, que en los medios de la Corporació hay una "costra nacionalista". Añadió que TV3 era despiadada (sic) con el Govern (Ferran y yo vemos una televisión distinta, aun sintonizando la misma). Siguió achacando a los gobiernos de Pujol todos los males (y eso que los socialistas gobiernan ya en todas partes; y eso que el pensamiento único cunde como la mancha de chapapote). Les aseguro que nunca como ahora se había oído tanto el término nacional referido a España en nuestros medios públicos. Ya Cuní le soltó una delicada colleja a Ferran cuando dijo que él trabajaba en un canal nacional (pero, claro, el marco nacional de uno y otro será distinto). Vamos a dejarnos de monsergas: para esa alma que encarna Ferran en el PSC, la Catalunya real es la que ellos monopolizan. No existe otra. Un día más tarde, Montilla, que no asistió a la marcha, no desaprobó las palabras de su correligionario. Más bien las matizó, subrayó, qué sé yo. Lo más triste: nadie, en el PSC, levanta la voz. Sentirán pánico a ser independientes. La obediencia de partido funciona ahí a las mil maravillas.