La Coctelera

Reggio

Un lugar de encuentro para leer juntos, continuación de Caffè Reggio http://www.lacoctelera.com/caffereggio

12 Diciembre 2007

Manu Leguineche, de David Gistau en El Mundo

AL ABORDAJE

Si Adorno dijo que después de Auschwitz no podía haber poesía, Mailer agregó que después de Hiroshima y Nagasaki no podía quedar inocencia. Esta desazón postbélica que liquidaba las estampas cándidas de Norman Rockwell dio el alma del hipster, un existencialismo a la americana, sin fe en el porvenir ni en la condición humana y cargado de violencia, que pedía derramarse en la frontera final de cada instante dejando apenas la estela de unos renglones con más verbos que adjetivos.

Aunque la ternura en el trato, las partiditas de mus, la pasión por el Athletic de Bilbao y el antojo de angulas nos lo hagan poco bonzo y nada terrible, lo más apegado al hipster que ha dado el periodismo español es Manu Leguineche. El drama que le robó la infancia, esos batidos compartidos de Rockwell, no fue el Holocausto, ni tampoco la bomba atómica. Sino, tal vez, algo tan local, y al mismo tiempo tan universal, como el bombardeo de Guernica. Pero de esos escombros salió tallado con la misma determinación que el reportero americano que una vez le dijo: «Nosotros no tuvimos infancias felices. Pero tuvimos Vietnam».

El parque de atracciones de Vietnam, la guerra que Manu atravesó con un frasco de Vicks Vaporub para mitigar el olor de los cadáveres y donde empezó a encarnar un arquetipo casi desaparecido: el del relator de guerras que vive la emoción de contemplar y contar la historia según ocurre, que tiene sentido de pertenencia a una Hermandad de la Costa -la Tribu- y un compromiso con el taxi al aeropuerto por el que le fracasarán todos los matrimonios -las tres Des, ¿verdad, Manu?: Divorcio, Depresión, Dipsomanía-, y una dureza de espíritu que no permite que las lágrimas empañen el objetivo de la cámara ajena a la vocación ong de los reporteros actuales y su modo compasivo de no divertirse en la guerra como lo hicieron los psicóticos filósofos del hipster.

Ahora que existe replegado, en una soledad de silla de mimbre y teclado distante de las vanidades y las intrigas de Madrid, en su casona de Brihuega por la que anda suelta la oca Toribio, tiene Manu un caldero en el que fue mezclando todos los licores que se trajo de sus viajes. El caldero parece una imagen de su escritura, minuciosa de información y sin una sola concesión a los sonidos huecos de la virguería de estilo, que está hecha de ir mezclando vivencias y acontecimientos hasta servirlos entre las tapas de un libro.

Luis Miguel Dominguín le dijo que el oficio del torero y el del corresponsal de guerra se parecían en que ambos los ejercían adictos a la adrenalina: una patología con consecuencias estéticas. Será por eso que, aunque ayer le entregaran el premio FAPE para que lo coloque junto a tantos otros, Manu Leguineche seguirá pensando que el verdadero honor se lo concedió Ponce cuando le brindó un toro.

© Mundinteractivos, S.A.

Tags: david gistau

servido por reggio sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Los comentarios están cerrados


Sobre mí

Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

Estadísticas

Estadísticas

Fotos

reggio todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera